A mi colega Faustino F. Alvarez

La condición de político, además de tener un gran mérito personal, es una cualidad social que coloca, a quienes la disfrutan, por encima del resto de los mortales. Es algo así como gozar del don divino de la clarividencia, de privilegio de estar en posesión permanente de la verdad. Los españoles, desde hace (aproximadamente) unos setenta años, se dividen en dos castas claramente diferenciadas la una de la otra: la superior, constituida por los políticos; la otra, la formamos los demás , que somos los que ocupamos la parte inferior del espectro sociopolítico del país. El mérito de ser político significa que uno ha sido elegido de entre el común de los mortales para intervenir en la gobernanza de los demás instalado --a ser posible, con carácter perpetuo-- en las sagradas instituciones seculares del gobierno de los hombres...

Conviene tener en cuenta que entre un político --especie humana catalogada y protegida...-- y un simple individuo --especie humana sin catalogar ni proteger...-- hay una gran diferencia: el político es aquel individuo que, tras una larga y paciente espera, ha conseguido abrazarse gozosamente a Godot; en cambio, un individuo --incluso después de haber sido reconocido como ciudadano por las imperativas leyes políticas --sigue esperando desesperadamente, con los ojos a punto de reventar, a que asome por el horizonte la sombra del esquivo Godot. Aunque la diferencia es sutilísima, en cambio la separación entre uno y otra es inmensa, infinita.

Si no me lo toma a mal me gustaría hacerle una reflexión personal: mire, yo --individuo-- me considero alejadísimo de la casta política por una decisión personal, con lo cual la distancia que hay entre este modesto obrero de las palabras y el político es el doble de la señalada por la casta superior. He llegado al convencimiento de que soy diferente precisamente porque intento conservar intacta mi independencia periodística. Pero también soy consciente de que mi independencia de la casta política es una sensación puramente subjetiva, más suficiente para mantenerme alejado del incensario... Vale para muy pocas cosas, pero sirve para sentirme liberado de pagar el peaje que los políticos --unos más que otros-- suelen reclamarles a los individuos que ejercen mi oficio...

EN EL TIEMPO de aquel famoso general, no me considero representado, ni social ni ideológicamente, por los políticos del Movimiento Nacional. Inmediatamente después --es decir, ahora mismo--, tampoco me siento representado ni sentimental ni ideológicamente por los políticos de la democracia que ha sido amasada con el fermento autoritario del régimen anterior; cuando ya estaba clarísima la división de los españoles en dos castas.

Esta democracia ha sido articulada exactamente igual, para que una de ellas --la casta de los políticos-- determine el proceso de su desarrollo posterior. En la cúspide, los políticos; en la base, el proletariado . Porque es evidente que en la sociedad española actual (siglo XXI) sigue existiendo un proletariado cívico , al cual pertenecemos todos los que no estamos catalogados, ni gozamos de protección... Somos una casta subordinada a la política, lo que nos convierte en meros súbditos en el sistema.

Esta subordinación --cuya historia comenzó en 1939-- fue la clave del éxito obtenido por los reformistas de la dictadura; cuando lo que esperaba esa mayoría subordinada era que la liquidación de aquel abrutado régimen sirviera para dar un paso decisivo hacia una auténtica transformación histórica de la sumisa sociedad española. Sin embargo, no ocurrió así. Con los flecos sobrantes de aquel sistema orgánico se siguió tejiendo el mismo sayal con que nos habían vestido hace casi setenta años. No rompieron la cadena; sólo forjaron un nuevo eslabón dorado para alargarla.

UNA PARTE de esa culpa bíblica , quizá haya que achacársela a la debilidad ideológica del periodismo político. Sobre todo, a partir de 1976. Antes, durante el subrepticio interregno filodemocrático , que arranca desde mediados los años 60, y llega hasta las primeras elecciones democráticas (15-J-1977), un tímido intento de periodismo independiente parecía estar dispuesto --a pesar de las dificultades-- a rescatar la crítica política libre y fundamentada, la cual había sido erradicada del país hacía un cuarto de siglo con la misma contundencia que, anteriormente, en Italia y en Alemania. Con la Ley de Prensa del 22 de abril de 1938, se impuso la censura previa y a la casta política se le concedió el privilegio de nombrar y cesar a los directores de periódico. Treinta años después (18-marzo-1966), una nueva ley deroga la censura previa, supeditada la libertad de expresión y el derecho a difundir información a la interpretación (política) que se haga de su ambiguo artículo 2[TEX Aquel sueño de un periodismo independiente duró poquísimo. El breve tiempo de un incierto período predemocrático.

Solo algún raro superviviente de aquella época --si es que aún quedan-- sigue esperando a que llegue Godot para darle el abrazo de la libertad.

Lorenzo Cordero. Periodista.