El ex presidente del Gobierno, José María Aznar, no cesa en su empeño por seguir en los primeros planos de la política condicionando la estrategia y las posiciones del PP con su permanente y tonante presencia en los medios de comunicación y convirtiendo FAES, la fundación que dirige, en la cocina ideológica del Partido Popular. Partido en torno al cual también actúan como impulsores de las posiciones más conservadoras y en casos próximas a una extrema derecha: la Asociación de Víctimas del Terrorismo, el sector más radical de la Conferencia Episcopal y los medios de comunicación ruidosos y afines a los populares que también reclaman para sí una cuota de influencia y de poder en el PP menoscabo de la que debería ser autonomía de la dirección que lidera Mariano Rajoy.
Y a favor también de la pérdida por el PP de posiciones más moderadas y centristas que alejan a este partido de un sector cualificado y definitivo de votantes que podrían darle una oportunidad de victoria electoral, si la deriva hacia nadie sabe donde del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero acaba encallando en cualquiera de los obstáculos que oculta el proceloso mar por el que conduce la nave del Estado.
La última aparición de Aznar en los cursos de FAES ha estado marcada por su discurso catastrofista acusando al presidente Zapatero de caminar de la mano de ETA, de seguir el guión diseñado por la banda terrorista en el proceso negociador y desdeñar a las víctimas del terrorismo asegurando que el gobierno les está diciendo que “murieron por nada”. A la vez afirma que las reformas estatutarias pueden conducir a la independencia de alguna Comunidad Autónoma y que el Estado puede desaparecer como consecuencia de la inestabilidad política vigente. Palabras todas ellas que se inscriben en anteriores declaraciones de Aznar en las que definió la crisis española como un proceso similar al de la antigua Yugoslavia, “la balcanización de España”, donde como es sabido se acabó en una guerra civil e internacional.
No hay duda de que el Gobierno de Zapatero, siguiendo las decisiones de su presidente, ha provocado una crisis de inestabilidad política de profundo calado institucional y a la vez social de inciertas consecuencias. Pero de ello a concluir que el Estado desaparece y que estamos en la balcanización o en la ruptura de España, y todo ello dicho con aires más bien sombríos y agoreros parece una exageración que resta credibilidad y eficacia a la denuncia, a la vez que empuja al PP hacia un aislamiento político y posiciones que no son compatibles con la centralidad política y, por lo tanto, alejadas del electorado que en unas elecciones generales, normales o anticipadas, podrían dar un vuelco a la situación.
En el origen de este discurso sombrío de Aznar se incluye su mala conciencia y también su responsabilidad en los graves errores de su mandato presidencial, especialmente a lo largo de la segunda legislatura donde cayó preso de la fácil tentación autocrática que le ofreció la mayoría absoluta y de un ataque de soberbia que le hizo pensar que dicha mayoría, única en la historia de la derecha española, podría ser eterna si conseguía la destrucción de los partidos nacionalistas tradicionales, PNV y CiU, que en compañía de otras minorías de corte nacionalista o regionalista merman las posibilidades electorales de la derecha ante una izquierda que tiene garantizada una única presencia territorial en toda España.
Por ello, sorprendió que Aznar no mantuviera las líneas de actuación de su primera y exitosa legislatura – 1996/2000- con la que consiguió la mayoría absoluta en el 2000, por sus maneras de gobernar liberales y centradas, sus pactos con partidos nacionalistas PNV y CiU, el aprovechamiento eficaz del buen momento de la economía mundial y la ausencia de un liderazgo firme en el PSOE que sufrió en esos años relevos constantes en su liderazgo, con González, Almunia, Borrell, Almunia y Zapatero.
Sorprendió que, en su segundo mandato, Aznar pretendiera ser sólo él – voy a ser yo, pensó-, devaluando a Rodrigo Rato y Francisco Álvarez Cascos, e iniciando una política de acoso y derribo a los nacionalistas que habían sido sus aliados, a la vez que daba un brusco golpe de timón a la tradicional política exterior europeista, para sustituirla por la opción atlántica que luego le llevó a la crucial cumbre de las Azores y de ahí a la guerra de Iraq. Y en consecuencia a los atentados del 11M que los españoles relacionaron con las batallas de Bagad. Los trágicos atentados que fueron pésimamente gestionados por Aznar y su Gobierno, antes, durante y después de la masacre madrileña, y sin duda mal utilizados y manipulados por el PSOE para alzarse con la victoria electoral de 2004, una vez que los errores y las mentiras de Aznar y su equipo de crisis del 11M les brindaron semejante oportunidad.
El ex presidente Aznar hizo cosas muy bien hechas, como la gestión económica y el acoso a ETA. Y otras rematadamente mal como su política exterior, informativa y su falta de visión para el futuro del PP porque rompió la sencilla ecuación de: si actuando como lo hizo en su primera legislatura obtuvo mayoría absoluta, ¿por qué cambió el modelo de forma radical? Sin olvidar su extraño abandono de la política, del que ya está arrepentido – como suponemos que de otras tantas cosas- y el dedazo a la hora de elegir su sucesor al frente del PP al margen de un proceso democrático dentro del PP.
Consciente de todo ello y negándose a admitir en público sus flagrantes errores – como Bush y Blair han comenzado a hacer en la guerra de Iraq, por ejemplo – el ex presidente ha escogido el mal camino de la bronca y la tensión aprovechando los desvaríos del hoy presidente del Gobierno, y alejándose, por una ceguera que le acompaña desde que dejó el poder, de la realidad social española donde no se aprecia ese caos que nos anuncia sin parar. Cayendo, además, en compañía de la AVT, la extrema derecha, los sectores más rancios de la Conferencia Episcopal y los medios radicales próximos al PP, en la trampa para elefantes ciegos y ebrios de la política que les ha tendido el PSOE y que consiste en empujar al monte a la derecha, dejando vacío el centro a favor de la abstención o del propio PSOE.
En realidad trabajando, sin saberlo, para sus adversarios. Aunque puede que en este río revuelto de las pasiones de la derecha española algunos y aquí incluido el propio Aznar estén en la estrategia de la bronca continua convencidos que el PP no puede ganar las próximas elecciones y que por ello hay que adelantarlas lo antes posible con la tensión y el no apoyo a la negociación del Gobierno con ETA conduce irremediablemente a ello. Porque puede que alguien esté trabajando ya en la sustitución de Rajoy, y aquí incluido el propio Aznar. Y si esto fuera así tampoco conviene descartar su regreso definitivo al frente del PP. Pero en todo caso, entre unos y otros agitadores ciegos de la derecha, se está impidiendo que Rajoy tenga una franca oportunidad electoral, que los suyos más radicales han descartado demasiado pronto y de ahí su crispación y su tosquedad.

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