El viernes, el editorial de nuestro periódico señalaba la anomalía de que entre los miembros de la Real Academia Española se incorporen sin cesar escritores en lengua castellana de reconocido prestigio, mientras los escritores hoy más señalados en lengua catalana apenas figuran en el Institut d´Estudis Catalans (IEC), cuando antes de la Guerra Civil sus equivalentes cundían en sus sillones.

Pero es que el IEC se ha ido convirtiendo en un ágora entre casposa y formalista. He hablado del tema con varios de sus presidentes y dicen que, en efecto, constituye una anomalía esa casi ausencia de escritores, pero que la solución no depende de ellos, sino de las secciones correspondientes, que suman una serie y se adscriben a diversas disciplinas. En este caso, se trataría de la filológica. Pero, y es curioso, nunca he encontrado a ningún novelista o poeta interesado en el IEC, como si no existiera, a la par que jamás he conocido a ningún componente de dicha sección, o no se me ha revelado, salvo hace unos años en que publicaron su Diccionari,que fue duramente juzgado por la crítica filológica. Y la institución tampoco figura entre las referencias habituales en la sociedad catalana ni en su ámbito mediático. Mientras, la RAE goza por ahí de renombre, se la considera básica, aunque tampoco anime demasiado.

Y es que con el IEC ocurre como con otros sectores del catalanismo y sus entidades, sin duda las públicas y también las privadas. Las cuales un día tuvieron un sentido y función hincados en la recuperación del país, pero con la guerra y el franquismo quedaron diezmadas para, al ser recuperadas - e incluso las de nuevo cuño-, quedarse en una especie de círculo endogámico, cuando no en espacios de inane burocratización. La última de ellas ha sido el Institut Ramon Llull, que después de un prometedor arranque se ha quedado sin una función clara o con demasiadas y sin cuajar, sobre todo la relativa igualmente a la literatura, para lo que fue articulado. La prueba definitiva: su inmovilismo y contradicciones ante la Feria de Frankfurt, amén de los cambios que va sufriendo su teórico equipo de dirección y los virajes a que lo somete la Conselleria de Cultura. Constituyendo ésta otra creciente escenificación del folklórico ball de la civada...

Los lingüistas aquí suelen considerar que la lengua se reduce a normativa gramatical, ajena a la materia de creación. Las cuales para la Generalitat, con sus televisiones y centros docentes, acostumbran a suponer excrecencias o recursos para chalanear con Madrid. Y el escritor calla, comido el coco por miedo a los políticos o por el ideal político. O pasa.