El orden público, de Javier García Sanchez en El Mundo de Cataluña
En la vida que llevamos los comunes mortales a menudo acaecen hechos de los que podría decirse ya no que son alucinantes, sino directamente psicodélicos.
Y uno de los conceptos que mejor definen la sociedad desquiciada en la que consumimos nuestra existencia es el del denominado -a mi entender un tanto eufemísticamente- orden público. ¿Qué es con exactitud el orden público? ¿Quién decide cuáles son sus parámetros, lo que es transgredirlo o quedarse, por ejemplo, en la misma frontera de aquello que lo vulnera y aquello que no? El Estado, naturalmente.
Bien, suponiendo que a todos pueda -y deba- considerársenos como ciudadanos con una serie de derechos y deberes, tan ineludibles los unos como los otros, está claro que actitudes que causen prejuicio o molestia (sigamos poniendo como ejemplo: el ruido) entrarían en el saco de aquellas cosas que perturban el orden público.
Sin embargo, y por continuar con el ejemplo, quienes vivimos en una zona de playa tenemos que soportar con estoicismo el paso constante de aviones sobre nuestras cabezas, o autos conducidos por cholos con la música pachanguera a todo volúmen, o las televisiones de la práctica totalidad de vecinos, ídem de ídem.
Eso, según parece, no es dañar el orden público. Para entendernos: lo del susodicho orden público es una pamema de tres pares, que se pasan por el forro toda una gavilla de gamberros, así como respetables instituciones tipo AENA, la empresa que rige el tema de los vuelos.
Recientemente, para ahondar hasta el lítmite en tales contradicciones, han sucedido dos hechos puntuales que invitan a la reflexión.En ambos casos sendos ciudadanos decidieron lanzar manojos de billetes (dinero de verdad) a la vía pública. En un caso se hizo desde un automóvil en marcha. En otro, desde lo alto de un edificio.Pueden imaginar la reacción de la gente: primero de sorpresa, luego de cierto recelo, y finalmente, lanzarse a zarpazos intentando coger el mayor número posible de billetes. Hasta ahí, perfecto.Si una persona de carácter altruista -o juguetón- decide hacer eso con su dinero, ¿acaso no tiene todo el derecho del mundo a hacerlo? Sí, con la peculiaridad de que, de paso, han hecho feliz a bastante gente.
¿Qué ocurrió con los autores de dichas performances crematísticas? Pues que fueron detenidos de inmediato por la Policía bajo la acusación de perturbar el orden público. Inaudito. Y es que al Estado nunca le interesa -ni le interesará- que haya locos maravillosos dispuestos a jugar así.
Debiera haber una asociación que protegiese los derechos de tales locos maravillosos. Pero no tardaría en salir el juez Marlaska de turno argüyendo que eso es ilícito. Goethe -y por ello su figura se vuelve odiosa hasta decir basta- afirmó que prefería la injusticia al desorden. Vale. A muchos nos sucede justo lo opuesto. Viva la anarquía -como gritaron Sacco y Vanzetti momentos antes de ser ejecutados- si hay injusticia. Viva el desorden si sirve para hacer feliz a la gente.
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