Tragedia en Valencia: del llanto de las familias al dolor televisado de los políticos, de Antonio Casado en El Confidencial
Algunos hemos recordado el 11-M. No por las causas sino por los efectos y por las capas sociales que han resultado ofendidas. Lo de Madrid fue premeditado y lo de Valencia no, pero los paganos son los mismos. Usuarios anónimos del transporte público. Gente discreta que trabaja, ríe, llora, juega, vive, deja vivir y espera de buena fe que los gobernantes hagan sus deberes.
A los gestores de lo público les toca ocuparse de prevenir inundaciones, atentados terroristas, baches en la calzada y descarrilamiento de trenes. Los demás lo creemos de buena fe. También la gente del céntrico y humilde barrio de Patraix, trabajadores y estudiantes, habituales de la línea uno del metro (50.000 personas la usan diariamente), la más vieja, que estaba pidiendo a gritos la renovación por su “constante deterioro” y deficiente estado de conservación, según una nota de Comisiones Obreras.
En dicha línea ya hubo que lamentar un choque de trenes en septiembre (35 heridos). Y hace un par de meses se había anunciado la reposición de los 34 convoyes que componen su dotación pero, al parecer, el gasto podía esperar. Seguramente no se consideró prioritario frente a urgencias tan señaladas como la Copa América o la visita del Papa.
No son tragedias endosables sin más al azar. De nuevo la consabida pregunta a título póstumo: ¿Pudo haberse evitado? Vale, miremos al conductor y sus condiciones de trabajo, pero también a las infraestructuras, el mantenimiento, los protocolos de funcionamiento, etc. Se habla de causa doble y combinada: exceso de velocidad y rotura de rueda. ¿Y no será rotura de rueda por exceso de velocidad? Parece lógico, pero conviene esperar el informe técnico. Hoy toca luto, compasión, minuto de silencio y llorar junto a las familias de los muertos.
Tiempo habrá para la investigación del suceso, que ha puesto a prueba la logística preparada para el viaje del Papa. Se comentaba ayer que la celeridad en la evacuación de víctimas y prevención del caos (cortes de tráfico, rápida fijación de un perímetro de seguridad, bloqueo del suministro eléctrico a la catenaria para facilitar el trabajo de los servicios de emergencia, etcétera) demuestra que los dispositivos de seguridad están muy engrasados a cuatro días de la llegada de Benedicto XVI, pero al tiempo nos vuelve a poner en guardia: ¿Y si en la inminente visita del Papa no hubieran funcionado esos servicios de forma tan eficaz?
De hecho, en la confusión de los momentos posteriores a la tragedia, muchas personas afectadas por el dispositivo creyeron que se trataba de un ensayo en vísperas de la visita papal. Pero, por desgracia, la tragedia ha sido real. Y se nota en los fulminantes cambios de agenda decididos sobre la marcha por el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, que estaba en la India; el líder del principal partido de la oposición, Mariano Rajoy, que tenía cita en Logroño, y el presidente de la Comunidad Valenciana, Francisco Camps, que se encontraba en Almería. Su dolor televisado, y el de otros gobernantes y políticos en general, nos acompaña desde que conocieron la noticia.
