Mis primeros encuentros con José María Aznar, en la vida política madrileña, fueron más bien desencuentros. Claro que mejor así, pues los encuentros verdaderos tenían un aire de catastrofismo charlotiano que se añadía vagamente al tenue charlotismo del personaje.
La primera vez que me invitó a su casa, era una noche de invierno, difícil de localizar. Yo tenía prisa por irme, pues me encontraba mal, de modo que todos se dieron a empujar un coche muerto y yo daba las gracias a un presidente enigmático que vaya usted a saber por qué sacaba mi vehículo de aquel enterramiento. Sólo la bandera nacional, grande y hermosa, nos orientó un poco, pero, ya en marcha, vino la pregunta polémica de por qué Aznar gastaba bandera a tope, como si su casa fuera un Ministerio.
El encuentro siguiente me parece que fue en Alcalá de Henares, con la bella esposa del político. Ella me había enviado una tarjeta afectiva y oportuna donde me felicitaba por un premio literario que yo no he ganado nunca. «Gracias por todo, Ana, pero si hubieras puesto el Cervantes habrías quedado como Dios».
También coincidimos ella y yo en la proclamación inverniza de Telecinco, pero habíamos dicho que aquí se iba a hablar de José María Aznar, o sea que no lo cuento. De vuelta de Alcalá a palacio, el Rey despachó mi pequeña tardanza con cuatro palabras, pero Aznar me llevó a mí a un rincón y me estuvo confesando como a un arriano, no por lo tarde que había llegado sino por las mentiras que había dicho para justificarme.
Siendo él ya presidente de la cosa, coincidimos varias veces en el cine, pero en la gran piraña de las elecciones era ya mi presidente porque había tenido muchos votos. De todos modos José María Aznar era el político abierto, aventurado y sincero. En el tema de los Estatuts, un suponer, había llegado más lejos que Suárez, Felipe, Calvo Sotelo, y cuando salió de La Moncloa aún no sabía lo que era «un precio político» ni había conseguido que nadie le pagase nada por ese precio. Y, lo que es más grave, aún no jugaba bien al pádel, pese a las sañudas lecciones de Pedro J. Ramírez. Redacto aquí esta biografía breve por despedir de algún modo a un hombre que vino a Madrid de monaguillo de Fraga y salió de Madrid con el maletón desproporcionado de trabajo y un porvenir brillante, frustrado por los azares del ferrocarril.
Hoy le llaman a Aznar de los grandes centros de investigación de Estados Unidos y de las grandes compañías que en realidad gobiernan el mundo. Lo gobiernan y se lo guardan, pero eso ya es otra cuestión. Aznar es el político liberal, el hombre bueno de derechas, el rico político que no sabe ni necesita halagar a nadie, ni siquiera a aquel perro que tuvo en Moncloa. José María Aznar no cree en la política del halago. Cree más en la política del encargo, como esas cosas fabulosas que le han dado ahora. España, concretamente, es un país que se deja llevar de la querencia del enchufe, la amistad y el amiguismo. Con estas tres asignaturas se hace una carrera. Y cuando sale un político completo, eficaz y honrado, hay que llamar en seguida a los bomberos o a la policía de guardia, porque cuando le oí decir a Mayor Oreja con una pistola en cada bolsillo: «No sabemos en qué manos estamos», comprendí que sencillamente no lo sabíamos.
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