Cuenta Ana María Mata en su espléndida e imprescindible novela sobre Marbella -una biografía imaginaria de Ricardo Soriano, el descubridor de la moderna ciudad de la Costa del Sol- que cuando llegaron los Hohenlohe en Rolls Royce al paraíso se quedaron prendidos del pinar y la viña Santa Margarita, donde idearon construir bungalows al estilo californiano. Así nacieron Marbella Club y la Milla de Oro en aquel microclima, bajo la peineta de Sierra Blanca. Entonces -se lee en Un hombre para un destino- el metro cuadrado valía 89 céntimos. Hoy esas arenas se pagan a millón y medio el metro cuadrado; la milla de oro se ha trasladado a Alhaurín, donde cada chabolo resiste un peso de 1.000 millones, con billetes en los calcetines, donde se los suelen esconder los placados.
La diferencia entre 89 céntimos y millón y medio es la medición de un país de burros y chumberas, preindustrial y predemocrático, que ha pasado a ser los Estados Unidos de Europa, pero también la medida de una inmensa corrupción que se ha convertido en sistema. En Bruselas están asombrados de que casi la mitad de los billetes de 500 euros que circulaban por todo el continente hayan volado a España. A esa morterada la llaman Bin Laden porque se habla mucho de ella y no se la ve. No se le ve porque se ha escondido en Marbella, como hizo el propio Bin Laden, que fue antes play-boy que profeta. El billete aberenjenado, malva, utiliza como diseño la imagen que ha resultado profética: una construcción.
Yo seguí a El Cordobés con la cabeza tronada y el corazón de rana en su lucha contra los rufianes de las plazas; entonces él no ponía las ingles delante de un toro por menos de un kilo, «en crudo y por delante». Hoy un kilo es lo que cobran los teloneros; 1.000 gramos de Bin Laden subirían hasta los 50 millones, el sueldo de un concejal en toda la geografía del afane, que va de Marbella a Majadahonda, esa caja descomunal que está intentando abrir, con la llave de Epimeteo, el juez Miguel Angel Torres o la jueza Milagros Aparicio, en el caso de las sacas preñadas, astilladas, untadas, escondidas en los armarios del Real Madrid, impresas en los ordenadores de una constructora, con las que quieren arrebatarle la victoria limpia a Ramón Calderón en las elecciones que ganó contra todos los poderes.
La corrupción es omnipresente, práctica omertá y casi toda desemboca en financiación irregular de los partidos. El dinero negro no se guarda en la caja empotrada de los chalés electrificados, sino cerca de los políticos municipales, donde encuentra fórmulas de lavado. Lo más grotesco es que no aprendieron de los años 90 y cómo aquellos largueros y nazarenos escrituran sus estafas. Los timadores -a los que Marx llama lazaroni (golfos)- con corbata, la hez, la escoria, se están apoderando de las ciudades, del mar y del páramo.
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