Política por puntos, de Félix Martínez en El Mundo de Cataluña
Si los políticos contaran con un carné por puntos como el que acaba de implantar Tráfico a los conductores españoles, la salida de la política activa de Pasqual Maragall se justificaría por la pérdida del saldo. El president ha conducido de forma temeraria y, en materia de autogobierno, ha intentado superar los límites de velocidad impuestos por el propio PSOE.De hecho, Maragall ha perdido más de 36 puntos en menos de tres años.
Tal vez ocurra como con la Ley Antitabaco. Pero, ayer, conducir por las rondas de Barcelona era toda una sorpresa. Daba la impresión -absolutamente subjetiva y sin dato estadístico alguno que la sustente- de que la gran mayoría de los conductores iba pendiente de la aguja del velocímetro de sus coches. Quizás, durante las primeras horas de vigencia del nuevo carné de conducir por puntos, algunos conductores no acababan de creerse la voluntad implacable del Ministerio del Interior de retirar el permiso de conducir a aquellos que infrinjan las normas de circulación con grave peligro para sus vidas o para los demás. Pero la difusión de las primeras consecuencias de la aplicación del nuevo modelo parecieron convencer a los que ayer iban al volante de que la cosa va muy en serio. Siete carnés retirados en toda España y, en Cataluña, 170 conductores que vieron restado su saldo inicial de 12 puntos dejaron muy claro que la norma no se va a aplicar con flexibilidad.
Claro que, vista la evolución de la política catalana de los últimos dos años y medio, era más que evidente que los destinados a conducir los destinos de lo que sea están permanentemente a prueba y que, en el caso de no cumplir las expectativas, están condenados a ser retirados de la vía -y de la vida- pública.En realidad, el de Pasqual Maragall fue el primer carné de conducir político retirado por haber agotado el saldo de puntos.
En el caso del permiso de conducir convencional, el que nos permite a los mortales ponernos al volante de un vehículo rodado, las mayores infracciones -con la excepción de las relacionadas con el consumo de alcohol o sustancias estupefacientes- son el exceso de velocidad, la temeridad y, en general, ignorar semáforos en rojo o señales de stop. Las sanciones más duras, la pérdida de seis puntos, es decir, la mitad del saldo, están relacionadas con esos tres aspectos.
«Conducir de forma manifiestamente temeraria, circular en sentido contrario al establecido o conducir vehículos en competiciones y carreras no autorizadas», reza el texto de la ley aprobado por el Congreso de los Diputados el 29 de junio del año pasado.Para cualquiera que conozca la tradicional posición de los dos grandes partidos españoles, Maragall incurrió en los tres supuestos antes incluso de asociarse con Esquerra Republicana e Iniciativa per Catalunya para constituir el Gobierno tripartito el 20 de diciembre de 2003. La principal temeridad del aún president fue entregar las llaves de la gobernabilidad a un personaje como Josep Lluís Carod-Rovira. Fue como encargarle la puesta a punto del motor del coche y los aspectos relacionados con la seguridad al personaje que interpretaba el holandés Rutger Hauer en Carretera al infierno. Pero hay más. Para muchos de los dirigentes del PSC y del PSOE, el ya ex líder del Gobierno de la Generalitat también cometió la locura de participar en «competiciones y carreras no autorizadas» durante la legislatura 1999-2003, la que le tocó pasar como jefe de la oposición a Jordi Pujol. La loca competición en la que se embarcó Maragall fue intentar demostrar que él es, al menos, tan nacionalista como su predecesor en la presidencia de la Generalitat, si no más. Mientras el PSOE estaba aún en la oposición con un debutante José Luis Rodríguez Zapatero como primer dirigente de los socialistas españoles, parecía una buena idea eliminar uno de los grandes ejes del debate político en Cataluña, el enfrentamiento entre nacionalistas y no nacionalistas.Desde que Maragall, como jefe de la oposición, propuso reformar el Estatut de 1979, parecía que el escenario político en Cataluña iba a acoger, por primera vez, una exhibición de real politik, los símbolos, la identidad nacional, el sentimiento patrio debía quedar fuera del Estatut porque, a partir de aquel momento, todos los partidos se declararían nacionalistas catalanes o quedarían excluidos de la vida pública.
Aunque Maragall no se sacó el carné a la primera -suspendió el examen práctico el 16 de noviembre de 2003 ante Artur Mas-, pudo ponerse al volante del autocar gracias al apoyo de Carod y de la ICV de Joan Saura. Pero llegó el 14 de marzo y, de repente, Zapatero se vio convertido en el responsable del tráfico político nacional. Con sus suaves maneras parecía que la tolerancia con Maragall no iba a tener límites. Pero el president perdió seis puntos de saldo nada más salir a la carretera, sin contar con los que se le podían haber descontado por haber conducido más tiempo del permitido.
Y, en los cerca de tres años que ha conducido el destartalado coche del tripartito, ha incurrido muchas otras infracciones.Tantas que, en realidad, casi tendría que devolver unos cuantos puntos si hubiera un mercado. Ha conducido a velocidades que supondrían la pérdida de otros seis puntos, se ha saltado semáforos en rojo y señales de stop, ha demostrado que el coche llevaba muchos más pasajeros de los recomendados e, incluso, ha ignorado las señales del principal agente de la autoridad, el propio Zapatero.
Finalmente, tanto el PSC como el PSOE han reparado en que resulta muy difícil implantar una nueva norma si cuentan en sus filas con el más dotado de los conductores suicidas, que diría Sabina.Por eso Zapatero ha enviado a su delegado en Cataluña, José Montilla, a retirarle el permiso de circulación político a Maragall. Para el president, sin embargo, no habrá cursos de concienciación que valgan. La retirada del carné es de por vida porque, con toda seguridad, ha perdido el saldo de tres permisos juntos.El problema es que, ahora, el agente encargado de velar por el cumplimiento de la norma, Montilla, se tiene que presentar a examen, tanto teórico como práctico. Y él sólo cuenta con un intento.
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