La historia de Catalunya contemporánea acostumbra a escribirse como la historia del esfuerzo por afirmar su identidad política, pero podría escribirse también desde otras perspectivas; por ejemplo, como la historia de sucesivas oleadas inmigratorias.
La formulación del nacionalismo catalán a finales del siglo XIX coincidió, y no por casualidad, con el proceso de industrialización que hizo de Catalunya un territorio altamente desarrollado respecto del conjunto de España. Pero la industrialización produjo amplios desplazamientos de población que vaciaron las comarcas montañosas, de los Pirineos y de la provincia de Tarragona, en beneficio de los núcleos de población más industriales y de las cuencas de los ríos donde se situaban las colonias fabriles. Y así la población urbana recibió una savia nueva sólidamente enraizada con su pasado, pero al mismo tiempo empezaron los conflictos sociales consustanciales con el capitalismo, los primeros sindicatos, las primeras huelgas, los asesinatos, el Noi del Sucre... Ello repercutió sobre el catalanismo e hizo posible la dictadura del 1923.
Un periodo de bonanza económica permitió anunciar la segunda gran exposición de Barcelona, la de 1929, y con ello se corrió la voz de que en Barcelona había trabajo para todos. Y así empezó la segunda gran oleada, que ya no reclutaba gente de la Catalunya profunda sino del sudeste español, de Murcia en primer lugar. Pero la situación económica había cambiado bruscamente, el año 1929 fue el año de la gran crisis económica que, iniciada en la Bolsa de Nueva York, dominó la economía y la política mundial durante varios años. Fueron los años de la república pero también años de crisis, de huelgas y de enfrentamientos continuos en los que los sindicatos estaban controlados por los sectores anarquistas más radicales. Aunque actualmente los historiadores tienden a dar una visión amable del anarquismo y a mostrar sus puntos de coincidencia con el catalanismo, que los hubo, en conjunto era más bien lo contrario: en los sindicatos anarquistas predominaban los trabajadores inmigrados y para ellos los catalanes eran los burgueses, y el catalán, su lengua. Y cuando el 19 de julio pudieron empezar su revolución así lo entendían.
La guerra representó una profunda partición en el seno de la sociedad catalana, y gente absolutamente extraña a la motivación de los sublevados se vio empujada a inclinarse por el otro bando, y es inimaginable qué habría ocurrido si el régimen del general Franco hubiese adoptado una política mínimamente inteligente con los catalanes, pero eligió el negar de frente su identidad, con la consecuencia de que incluso los que en los días de la guerra suspiraban por su llegada unos años después abrazaban la resistencia. Y que los otros catalanes ya no se considerasen extraños en Catalunya.
En los años sesenta, y a raíz de la nueva política económica, se produce una nueva etapa industrializadora en Catalunya, de la que Seat es uno de los símbolos representativos, y se inicia una nueva oleada inmigratoria esta vez procedente del sudeste andaluz: Almería, Granada, Jaén, en primer lugar y, en alguna medida, de toda Andalucía. Pero esta vez, y debido precisamente a la existencia del régimen franquista, ocurre algo que no había ocurrido con la segunda oleada: las organizaciones obreras y las fuerzas políticas que las inspiran - Comisiones Obreras y PSUC en primer lugar pero también UGT y PSC- explican a los inmigrados que, en la lucha contra el franquismo, reivindicaciones obreras y reivindicaciones catalanas forman parte del mismo combate, y en las manifestaciones junto a banderas rojas ondean banderas catalanas y las pancartas son mayoritariamente en catalán. Por supuesto, nada es perfecto en este mundo, pero la pura verdad es que el grado de integración que así se ha producido es muy alto, como lo demuestra el que la inmersión escolar en catalán haya sido aceptada sin conflictos apreciables o que hoy pueda aceptarse la posibilidad de un presidente nacido en Iznájar.
Pero la historia corre muy deprisa y lo que hoy vivimos es la llegada de una nueva oleada inmigratoria totalmente distinta de las anteriores, con características culturales muy alejadas de las nuestras y además extremadamente diversas entre sí. Es una inmigración que viene a incorporarse a una sociedad que ya no es la sociedad tradicional ni es la sociedad industrial, ni dispone de los mecanismos de integración social que tenían éstas. Por supuesto, no estamos solos en esta desorientación, todos los países del Occidente europeo se debaten con situaciones parecidas. En todo caso, lo que es evidente es que más que del texto de la Constitución o que del texto del Estatut, nuestro futuro colectivo depende de la forma como seamos capaces de integrar esta nueva inmigración en una sociedad coherente. Y para ello harán falta muchos esfuerzos de imaginación para descubrir nuevos modos de convivencia.

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