Hubo un tiempo en que Josep Lluís Carod-Rovira hablaba con mucha gente, incluso con los que no le adulaban. Hubo un tiempo en que el líder de Esquerra no pensaba que todos los que le criticaban eran enemigos que conspiraban para hundirle. Hubo un tiempo en que el hombre que debía renovar la política de Catalunya escuchaba relajado sin estar a la defensiva. Algo se torció, y fue antes de la excursión a Perpiñán. Recuerdo que cené con el jefe independentista pocos días antes de las elecciones del 16 de noviembre del 2003 y me dio la impresión de que, al estilo de Maragall, el de Cambrils empezaba a prescindir mentalmente de su partido. Extremo curioso en un dirigente que, hasta entonces, había sido muy consciente de sus límites y del juego de contrapesos en su organización. El sensato parlamentario capaz de presentarse con distancia irónica desapareció y emergió SuperCarod. Con su llegada al poder y posterior cese del Govern el superhéroe mudó en mártir.
Ahora, Carod-Rovira es otra vez candidato a la presidencia de la Generalitat. Pero esta vez su sonrisa es forzada y lleva a Joan Puigcercós pegado al cogote, para cuidar la viña. ¿Liderazgo bajo tutela o candidato con caducidad anunciada? El efecto es terrible, como lo habría sido una candidatura de Pasqual Maragall con José Montilla de dos, digan lo que digan algunos. Con todo, el primer problema de Esquerra será dar con un mensaje electoral que sirva para atraer nuevos votantes sin perder a los que han quedado hastiados del espectáculo tripartito. ¿Qué van a prometerles ahora? Demos por sentado que los republicanos recuperarán una parte de sus electores que eligieron la papeleta del sí en el referéndum del Estatut. En cambio, la penetración de Esquerra Republicana en el mundo convergente, perceptible en el año 2003, no se va a repetir en los próximos comicios de otoño, pues el errático y atropellado estilo republicano ha sido la mejor vacuna contra la tentación de infidelidad en el campo nacionalista.
El segundo problema de Esquerra Republicana va unido al primero pero es quizás más agudo. La actual dirección republicana, que fue deslegitimada por sus bases el día en que no supo defender el voto nulo, es una cúpula prisionera de fuerzas que no controla. Existe todo un peculiar mundo alrededor de Esquerra - asociativo, cultural e inflamado de fraseología sutil del tipo pit i collons - que influye sobremanera en la militancia más activa, hasta el punto de distorsionar los compromisos institucionales de la organización y alejar del proyecto a mucho votante, siempre más moderado que el activista de turno. A la vista del final de Esquerra en esta etapa (expulsada del Govern, derrotada en el referéndum), cabría pensar que varios de sus amigos, asesores, cantores y palmeros son garantía segura de fracaso. En ciertas publicaciones digitales se brindan amistosas estrategias a Esquerra que parecen escritas para llevar al histórico partido al testimonialismo más estratosférico, junto a la pureza del PSAN y demás parientes. Me imagino que Puigcercós ha tomado buena nota de lo vulnerable que es su gente a toda esta salsa. Como la habrá tomado del riesgo que supone dejar que Xavier Vendrell excite a una militancia a la que, más tarde, no es capaz de reconducir a la Realpolitik ni el mismísimo president Macià bajando de los cielos.
La equidistancia no es una idea que les vuelva a servir. Reivindicar el Estatut del 30 de septiembre tampoco les vale. Esa llave que fue única en manos de ERC ya ha sido fielmente duplicada por PSC y por CiU. ¿Qué venderá ERC? Puede que la respuesta más interesante les venga al comprobar que, hoy por hoy, el PSOE manda más en el socialismo catalán que hace un año. Mucho más.

Escribe un comentario