Por más siglos que hayan transcurrido, y lo cierto es que desde Montesquieu hasta hoy han sido unos cuantos, el tiempo no ha dejado de depositar su pátina inmisericorde en aquellos países más cultos y refinados que decidieron establecer separaciones nítidas entre el poder y sus diversas formas. Al poder ejecutivo le están encomendadas las funciones de ordenar y ser obedecido. Desde el legislativo, generalmente compensación del primero, los representantes del pueblo tienen la oportunidad de disponer sus ideas y de hacer valer los derechos de los ciudadanos que representan. Y queda un tercero -sin el cual los dos primeros podrían caer en el nepotismo-al que normalmente llamamos poder judicial. Es ni más ni menos que el reducto fiel que comprueba -se quiera o no se quiera-la fidelidad de los actos del ejecutivo al imperio constitucional.

Queda claro que en el decurso de la actividad política legislativa y judicial se producen fricciones e incluso choques abiertos porque la coexistencia de los tres poderes no es cómoda ni es fácil y siempre está en juicio si todo lo que ocurre se halla dentro de los límites de un estado de derecho. Existe el riesgo obvio de que cualquier extralimitación de uno de los tres poderes -y no digamos de los tres a la vez -degenere en tiranía o incluso en esa sutil forma de tiranía que suele derivar y revestir la forma de consenso. De estas circunstancias se dan muchas -y algunas con escándalo por mi parteen el proceso y deseo de recortar las facultades del poder ejecutivo.

Sin embargo, lo que hoy me preocupa es un hecho muy concreto que se da en una digamos deformación del poder judicial, y no me refiero desde luego a la suma de saberes jurídicos que contiene el Consejo General del Poder Judicial. Sí me estoy refiriendo a un fenómeno que se produjo ya en España hace bastantes años, digamos que en el crepúsculo de Felipe González y que cobró vida a través del magistrado Baltasar Garzón del Real. Recuerdo a Baltasar Garzón en una actividad lúdica, siendo el portero imbatible de un partido benéfico en el Camp Nou. ¡Cómo se estiraba Garzón! Esta extrapolación del excelente magistrado le llevó por los andares de la política, lo cual suele ser peligroso. En estos momentos, recuerdo la presentación del libro autobiográfico editado por Plaza Janés titulado El hombre que veía amanecer.

Extralimitaciones
En aquella noche llena de sedientos por conocer de cerca a un hombre dotado de tales cualidades, creí que ya no existirían más Baltasares Garzones, es decir, más extralimitaciones en el poder judicial Pero como suele sucederme desde mis tan lejanos años en la Universidad de Barcelona, veo que estaba equivocado. Yasí hoy me encuentro con Fernando Grande Marlaska. Estamos claramente ante un nuevo Garzón que ha sido jaleado, aplaudido, envidiado e incluso por parte de un partido político determinado, ejemplo de aplicación sin tasa del derecho procesal. Hay que ver que admirables son los autos y demás diligencias procesales del magistrado Marlaska. En estos momentos, no puedo dejar de insistir en el caso Garzón y el caso Marlaska, aún cuando me temo que ambos sean una clara manifestación de que el poder judicial necesita, exige y debe también tener respeto a los demás.

Desde la ventana de La Vanguardia nos duele comprobar que existe un peligro cierto de que un país tan martirizado y revuelto en todos los sentidos como Euskadi, vea amenazado por circunstancias nuevas y adversas su esfuerzo inversor.

Fabián Estapé. Economista.