El carácter nacional de Galicia, de Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín en La Voz de Galicia
EN LA solapa de Xente de aquí e de acolá se lee que «Álvaro Cunqueiro pergúntase con estes retratos si os galegos teñen un xeito de imaxinar que lles é propio, si soñan, devecen, solpréndense, crén dun xeito diferente aos, verbigracia, cataláns». Recién aprobado el Estatuto para Cataluña y abierto el debate de Galicia, quizá las semblanzas de Cunqueiro nos iluminen sobre las diferencias que deba haber entre uno y otro.
Particularmente útil nos será el retrato de Leiras de Tardiz, que trabajó en pastelerías y panaderías de Buenos Aires, y contaba muchas historias de italianos. Un día entró en la pastelería «un italián con borsalino gris pérola, corbata verde e zapatos brancos» y preguntó si podían hacerle «unha tarta con biscoito, mermelada de melocotón, nata, e un adorno de guindas todo arededor». Le hicieron la tarta y el italiano dijo: «Bellísima. ¿E podía no medio decir: "¡E viva Arnaldino!", e a cada lado das letras aparecer un corazón?». Atendida su petición y consumida la tarta, Arnaldino «pagou e foise facéndose unhas reverencias a sí mesmo no espello». Terminada así la historia, Leiras se vuelve al gran escritor mindoniense y le dice: «¿E qué lle parece isa xente? ¡E nós, os galegos, humildes, cun paquetiño de pitisús pra a casa, un que outro domingo!». La sobriedad, la ironía, la elegancia espiritual del gallego contrastan con el campanilismo, el narcisismo de campanario del italo-bonaerense.
¿Cómo no pensar inmediatamente que esa propuesta de que el nuevo Estatuto declare el «carácter nacional» de Galicia es un pastel al estilo de Arnaldino? ¿Cómo no pensar que eso del «carácter nacional» va en contra del carácter gallego? Ciertamente, no todos los aspectos de la tradición política gallega son buenos, pero sí lo es aquél que consiste en una clara conciencia de los límites de la cosa pública, en un sano y liberal escepticismo que lleva a no esperar demasiado de la acción de gobiernos y asambleas, y a desconfiar de todo lenguaje político grandilocuente y vacío. Un amigo de Ribadeo hacía la siguiente narración humorística de los orígenes de su familia en un barrio de la villa: «¿Quiénes fueron los Lombarderos? Los primeros pobladores de Cabanela, hasta que llegaron los Pereiros que los expulsaron de aquellas ricas tierras».
Así las cosas, no parece que Galicia tenga nada que ganar uniéndose a esos pintorescos juegos florales que comienzan a organizarse en algunos lugares de España para premiar a quien consiga describir a su comunidad autónoma con el más alto grado de ostentación verbal. No hace mucho, un ex ministro del PP aplaudía la introducción en el proyecto de nuevo Estatuto andaluz del término realidad nacional y decía que Andalucía debía tener tantos galones en la hombrera como el que más. Creo que esta manera de razonar no es adecuada para Andalucía; pero estoy absolutamente convencido de que es contraria al carácter gallego. La promesa de los entorchados de brigadier estaba bien en la letra de la habanera, pero no es propia de un texto de relevancia constitucional que debe regir la vida pública gallega. Nada más ajeno al antiguo y noble decoro de Galicia que hacerse reverencias a sí misma en el espejo, al estilo de Arnaldino en Buenos Aires.
