ESOS tipos, los malos, están demasiado contentos. Digo los malos porque yo sí creo en la frontera del bien y del mal, aunque acaso cualquier día el presidente Zapatero, paladín del relativismo, salga diciendo que esos también son conceptos «discutidos y discutibles». Yo no creo en demasiadas verdades categóricas, pero aún me quedan algunas certezas. Son buenos, por ejemplo, los que sufren el dolor del asesinato de sus familiares y amigos y lo soportan a cuestas en silencio sin dejarse llevar por el deseo de la venganza. Son malos los que matan y sus cómplices, los que se ríen y brindan tras cada crimen, los que se niegan a repudiar, siquiera teóricamente, la violencia y el terror como herramientas políticas. Y a ésos se les ve estos días demasiado alegres para que los demás nos sintamos tranquilos.
Esto del «proceso» debería ser al revés: las víctimas y la gente de bien, la inmensa mayoría de los ciudadanos decentes tendría que andar razonablemente esperanzada. Y los otros, los acólitos del mal, los monaguillos del delito, hallarse si no tristes, al menos discretos, envueltos en la sensata reserva de la espera. Pero ocurre que andan entregados a una indisimulada euforia, cuyos signos transmiten al país entero el estado moral de una derrota. Es sencillo: si ellos ganan, los demás perdemos. Porque todo lo que ha sucedido estos años, el sufrimiento, la zozobra, el miedo y la sangre, era, justamente, un precio valiosísimo que la democracia pagaba para no resultar vencida. El precio, penoso y desgarrador, de la libertad.
Mucha gente teme ahora que se devalúe ese tributo, y el presidente no tiene manera de tranquilizar a nadie mientras los etarras y los batasunos se ufanen de la inminencia de una victoria. Porque, además, tal parece que sólo le importa lo que ellos piensen, y sólo cumple su palabra ante sus exigencias. Le ponen un plazo, y lo acepta; le ponen una condición, y la acata. En cambio, salta sus propios compromisos más honorables: da por buena la tregua, hace la vista gorda ante la extorsión, ablanda a los fiscales, no llama a Rajoy, no comparece ante el Congreso -que no es lo mismo que en el Congreso- y, sobre todo, no espera al cese definitivo y verificable de la violencia, como él mismo anunció con toda su falaz solemnidad inicial. No ha dado una palabra que no haya incumplido. A la ciudadanía democrática, quiero decir; a los otros es de temer que les esté resultando por completo leal.
Por eso toda esta expresión alborozada de Batasuna no hace sino provocar un escalofrío de inquietud. No hay términos medios en este juego tan peligroso: o ganan los que han matado, extorsionado y agredido, o ganan los que han sufrido la extorsión, la agresión y la muerte. Ganar no es conformarse con una ignominia, es quedar con la dignidad colectiva a salvo. Ganar, presidente, es conseguir que dejen de matar sin hacer nada de lo que tengamos que avergonzarnos. A menos que la vergüenza y el oprobio también sean algo discutido y discutible.

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