Recuerdo muy bien aquel primer encuentro con Josep Lluís Carod-Rovira.Fue en un privado del restaurante Set Portes, que más que privado es un íntimo, porque caben dos personas. Un tú y yo, donde las palabras no tienen por dónde escapar. Se quedan allí y que cada uno asuma las consecuencias. Hablamos de todo. De política, de literatura, de viajes. Carod es un buen conversador. Sobre todo a partir del segundo plato, cuando las cartas son visibles y expuestas de forma clara sobre la mesa.

Entonces, el tripartito era una entelequia. Jordi Pujol gobernaba la Generalitat y José María Aznar lo hacía en España. Vivíamos las locuras del presidente del Gobierno con sus ambiciones de expansión militar por las Azores y a Rodríguez Zapatero lo llamaban el bambi de la política. ERC tenía muchas posibilidades de lograr unos buenos resultados en las elecciones autonómicas. No era una cuestión de dos días. Habían estado trabajando diez años antes en esa causa. Eso es lo que más valoro de la ERC de los últimos 15 años. Aparte de personalismos propios de la pubertad política, Esquerra ha ido construyendo un imaginario propio en Cataluña difícil de borrar en dos días. Lo mismo hizo Pujol con su CiU de los 80 y lo mismo estaban haciendo los que, en aquel 2002, se disputaban un mismo terreno electoral.

Aquel Carod estaba seguro de lo que hacía. Conocía el guirigay habitual de su casa, pero los líos los conducía con la seguridad de saber que aquello que estaba haciendo tenía unos objetivos concretos y que ya daba resultados.

Aquella comida provocó otro encuentro, esta vez en Madrid, junto con Pedro J. Ramírez y Victoria Prego. La idea era que todos conociéramos en primera persona las estrategias del partido independentista.Por mi parte, compartir la idea de que la formación de Carod era un partido dispuesto a hacer política donde fuera, en Madrid o en Barcelona, persiguiendo un fin que, aunque a nuestro entender esté equivocado y sea un error, es tan democrático como cualquiera.De aquella comida recuerdo una idea con nitidez. El líder de ERC estaba convencido de que podía ser el president sin ser la fuerza más votada. Sus encuestas daban muy buenos resultados y las comarcas estaban empapadas de sus mensajes, alentado por algunos líderes de CiU que razonaban como bueno para Cataluña un pacto con Esquerra. Se había convertido entre la gente joven en un movimiento fresco y renovador, aunque todo fuera cartón piedra.

Hubo algún encuentro más. Conversaciones delicadas que ahora no vienen al caso, pero de todas, la mejor fue su participación en el Fòrum de Debat de EL MUNDO de CATALUNYA. Allí Carod controló en todo momento el territorio que estaba pisando y nos convenció de que lo fundamental era defender un Estatut social y no nacional.Después, los hechos han demostrado que la prioridad era otra.

Durante estos últimos seis años Carod ha controlado, de cara a la galería su partido y sus logros han sido evidentes. Del elefante de Joan Hortalà pasaron a los 23 diputados en el Parlament, consellerías, varios secretarios generales, directores generales, jefes de departamento, en definitiva un partido con poder y con pretensiones a más.

Mientras todo eso ocurría la otra fuerza política desplazada del Govern, reubicaba sus naves y esperaba. Sus flirteos con los independentistas acababan. CiU aprendió el otoño de 2003 lo que significa dar alas a algo o alguien y que te quiten el sitio.

Han pasado cuatro años. Ahora Carod ha cambiado. Su sagacidad, su evidente dominio de lo que iba a ocurrir, su inteligencia a la hora de controlar los pequeños recorridos acabaron. Nuestro último encuentro fue en un premio Perich. Se limitó a dos saludos y una huida del debate o de la conversación. Eso lo hace la inseguridad del momento. Porque, pueden decir lo que quiera, pero Carod ha perdido la frescura del mensaje político. Me dirán que lo estoy dejando bien. No es eso. Sólo coincido con él en nuestra pasión por Gil de Biedma. La cuestión no es esa. Los mensajes políticos deben ser analizados con distancia y pensando en si llegan a sus futuros votantes. El líder de Esquerra construyó un discurso que no estaba dirigido sólo a los catalanes de arrels o gente de comarcas. El mensaje de Carod de las elecciones de 2003 estaba diseñado para una mayoría muy amplia. Amplísima. Decía: «Es más importante el nuevo sistema de financiación que un nuevo Estatut».Menuda frase pare recordar a dos semanas del referéndum. Y una idea que quedará para la historia: «ERC no es la bisagra sino una puerta al gobierno».

Aquel Carod llegaba con las pilas puestas. El de ahora es diferente.Primero, ha demostrado sus limitaciones de poder. El rictus de los rostros expresan más que las palabras. La división en el partido es más importante que las propuestas de gobierno. Y eso el electorado lo nota. Puede que decida no optar por nadie más.Pero los políticos saben que un elector que se queda en casa es un voto contrario.

alex.salmon@elmundo.es

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