Resultan un tanto conformistas las tres Q que los gobernados exigen últimamente a los políticos: Que sea honrado, Que lo parezca y Que gestione bien los dineros. Claro que, tal como está el patio de los últimos 25 años, llegar a ese listón se ha convertido en la garantía mínima.

Los gobernantes occidentales están bajo sospecha. No es casualidad que invariablemente ocupen en las encuestas los primeros lugares de las profesiones peor valoradas. La corrupción, el apego al cargo y la mentira explican tan baja nota. Así como graves carencias estructurales: las leyes electorales (la española, sin ir más lejos, es un poema); el corsé de la partitocracia o la falta de transparencia en la financiación de los partidos.

Pero, no nos engañemos, tan bajo nivel es fruto de la sociedad de la que al fin y al cabo- proceden. Los gobernantes no son elfos llegados de un Riven del etéreo. Salen de nuestras filas, de nuestro letargo con el somnífero de pan y circo, de nuestra mediocridad ganada a pulso con planes educativos que castigan el mérito y priman la ley del mínimo esfuerzo.

No esperemos, por tanto, gobernantes eficaces, con visión de Estado y desapego al cargo. Si sale uno honrado, mínimamente preparado, y encima sabe un par de idiomas, démonos con un canto en los dientes. Pero no esperemos líderes. En la era del corto plazo y el electoralismo, se nos ha agotado el género, caballero.

Tenemos otra cosa. Podemos tener pícaros. Lazarillos con americana y corbata, expertos en alpinismo, especialistas en subir mucho y en dejar a otros en la estacada, que supeditan los principios a la estrategia. O neocaciques, que pueden tener incluso un toque de populismo, porque embellecen su municipio o su provincia, pero al retirarse con la vida solucionada y las amistades estratégicamente colocadas- dejan el erario lleno de deudas, y el armario, de cadáveres políticos.

Pero faltan líderes.

Para serlo no basta con las tres Q. Son imprescindibles las dos C: en primer lugar, C de Convicciones morales y democráticas a prueba de relativismos. No es fá­cil. El relativismo es la consecuencia automática del cortoplacismo y la estrategia. Pero la gran paradoja del líder es que si quiere ganar votos, tiene que estar dis­puesto a perderlos, es decir, a arriesgarse en su apuesta por los principios frente a los intereses. El miedo es mal consejero. La segunda C es la Capacidad para exigir sacrificios. Está relacionado con la anterior. El estratega, el relativista, tenderá a ocultar la verdad a los ciudadanos, para edulcorar la realidad, no perder votos y enmascarar sus propias incoherencias. El líder, por el contrario, llamará al pan, pan y, si es preciso, será exigente en sus demandas. Es lo que está haciendo Sarkozy en una Francia desnortada y una Europa acomplejada. Apunta maneras. Veremos.

Nadie quiere ser líder: se arrugan en el momento de lanzarse en paracaídas. Es ingrato ir de políticamente incorrecto, interpelar a una sociedad autocomplaciente y adormecida, que no está acostumbrada a la exigencia. Pero, a la larga, el ciudadano agradecerá que se le hable claro, sin refugiarse en el escudo engañoso del eufemismo.

Los últimos nacieron en el Occidente de la posguerra, forjados en la adversidad, libres de miedos y de complejos, idealistas y exigentes comenzando por ellos mismos. Ahora brillan por su ausencia.

Se necesitan líderes. Razón: Europa. Alfonso Basallo.