La apasionada polémica arrancó aquel día en que el ministro de Defensa, José Bono, trató de asistir a una manifestación organizada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, que en el último año se ha especializado en organizar manifestaciones que tienen como último blanco al Gobierno.
Dos periódicos, y sobre todo una emisora, habían calentado el corazón de los manifestantes con fuegos de odio en contra de los traidores dispuestos a negociar con ETA. Bono se metió entre los manifestantes y ya conocen todo lo demás; bueno, lo conocen de una forma o de otra, depende de quién se lo haya contado, porque las versiones no solo son diferentes, sino diametralmente opuestas.
Bono dijo que le habían agredido; los manifestantes, que no. Lo cierto es que, viendo las imágenes de la televisión, un escritor del 98, al contemplar el racimo de gentes que rodearon al ministro con las caras congestionadas por gritos desaforados, podría calificarlos de jauría o de energúmenos. Los calificativos dependen también de la sensibilidad del escritor. La policía llamó a dos de ellos, una mujer y un hombre, "¡dos señores!", según el portavoz del Partido Popular, y los retuvo en comisaría, según una expresión; según otra, los detuvo ilegalmente.
EL ASUNTO pasó a los juzgados y el juez condenó severamente a los policías. Ahí es donde yo quería llegar, a la sentencia, para justificar y dar sentido al título que encabeza estas líneas. En ella, el juez, en trance literario, escribió que los policías habían actuado "mirando al tendido".
Mirando al tendido es una de las más socorridas metáforas taurinas, posiblemente la más utilizada de las figuras literarias que nos dio la tauromaquia, que, según Fernando Lázaro Carreter, suman 230 diferentes. Aquí salta la pregunta: ¿dónde estaba el tendido? Porque el juez no explicaba cuál era, y, puestos a tirar de lógica, podemos llegar a la conclusión de que el tendido era un poco móvil, lo mismo podía situarse en las barreras socialistas que extenderse hasta la de los patriotas que Bono había cultivado.
No sé si los policías miraron al tendido al actuar, pero lo que parece indudable es que el juez autor de la metáfora sí miraba a su tendido, que estaba en la zona dura del Partido Popular y entre los que se oponen a cualquier diálogo o negociación con ETA. Los perfiles de los tendidos que acabo de configurar los conocimos por los pitos y los aplausos que salieron de unos y de otros.
La existencia de los tendidos automáticamente supone la existencia del ruedo donde actúan los protagonistas del festejo de que se trate. Ya se sabe que los gestos se adaptan a los gustos del público al que se quiere gustar. Se conforman en función del tendido. Si nos miran, cambiamos, y si nos graban, más. Pero eso tanto da que sea en un ruedo, en un bar, en una calle o en cualquier salón comedor.
Una de las universidades de Boston elaboró varias pruebas científicas, pero no hace falta ir a Boston: cualquiera de nosotros puede probarlo. Usted ve andar a alguien por la calle, puede ser una actriz, un emigrante en paro o un turista japonés. Se acerca a él con un equipo de televisión y le dice que le va a rodar para un telediario y le invita a andar. Fíjese, sus andares cambian absolutamente, lo mismo que la mirada y los gestos. La información altera la realidad. La de todos.
Hay profesiones que están siempre en el ruedo y viven del parecer y de la opinión de los tendidos. La primera que debo enumerar son los políticos. Siempre actúan y sobreactúan. Ellos, además, buscan directamente la complicidad de la información. Pueden añadir una lista sin límites, en la que están las profesiones de quienes dependen del público o el público los alienta.
En los libros antiguos, resalto lo de antiguos, se decía que hay una profesión que debe tener vendas en los ojos para no ver, pero también una túnica que les cubra para que no les vean. Se refería a los jueces. Los jueces deben ser pequeños dioses discretos. Esta frase la he recogido de un manual sin autor, fechado a finales del siglo XIX en Barcelona. En la sociedad de la información, el también llamado mundo mediático, las cosas ya no son como eran. La justicia (me refiero a la justicia sobre los grandes asuntos que inciden en la política) ya no está en los juzgados, sino en los medios de comunicación.
CIERTOS JUECES del firmamento de la Audiencia Nacional se mueven como si lo hicieran por una pasarela, y, si la información perturba lo que toca, no cabe duda de que esta perturbación les alcanza. Y vemos que se mueven mirando al tendido, y lo peor es que hacen faenas mirando hacia ciertos tendidos. Los medios han desgarrado los velos de la justicia y le han quitado las vendas de los ojos. Hay jueces fascinados con el esplendor de las cámaras, y se entregan a ellas con una voracidad insaciable.
ALFONSO S. Palomares. Periodista.

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