La cuestión es así de cruda: si Batasuna aplaude y el PP dice no, ¿puede estar tranquila España? ¿Cómo nos podemos fiar de una declaración que agrada a los violentos que quieren la independencia de Euskadi e irrita a los constitucionalistas? Las preguntas pueden ser demagógicas, son demagógicas, pero responden a estados reales de opinión. Una sola frase ( "el Gobierno respetará las decisiones de los ciudadanos vascos") abrió la compuerta de la intriga. Quizá se refiera al referéndum del futuro Estatuto de Autonomía; pero muchos la han interpretado como una respuesta afirmativa a las demandas de Ibarretxe, de Otegi y de todo el nacionalismo: ¡cielos, la autodeterminación!
El hecho de que se planteen esas dudas indica la dimensión del riesgo que asume Zapatero y de la situación en que su apuesta sitúa a este país. El riesgo es inmenso: un fracaso sería una derrota personal y el cierre de la acción más amplia que se ha acometido nunca para normalizar el País Vasco y, como dice Ibarretxe, su relación con España. El país, según se desprende de los primeros comentarios de prensa, se divide en dos: entre quienes irradian entusiasmo y quienes descubren nada menos que el primer indicio de rendición de la democracia y un paso hacia la liquidación del modelo constitucional.
Ambas cosas no pueden ser verdad. Tampoco lo fueron cuando se aplicaron al Estatut de Catalunya. La verdad quizá sea algo que aparece camuflado en la retórica convencional de Zapatero, en la mezcla del objetivo de la paz y la política, y en la niebla que se desprende del diálogo con ETA. Ese algo es que el proceso no busca sólo el final de ETA. Es más ambicioso. Busca un nuevo escenario político que necesitará un nuevo marco legal. De ahí el entusiasmo de Ibarretxe, a quien se ha consultado previamente la declaración, le ha dado su visto bueno y ayer volvía a utilizar la palabra "ilusión" para definir su estado de ánimo.
Por tanto, la desaparición de ETA es un fin en sí misma, pero también un instrumento para lograr la confluencia de los intereses nacionalistas y los principios del Estado. Y además, son inseparables. Es elemental que a los terroristas no se les puede recompensar por dejar las armas; pero también es evidente que existe un problema político en y con el País Vasco. Ambos coinciden en el tiempo. Se podrán marcar todas las diferencias que se quiera en el calendario para no hacer coincidir diálogo con ETA y diálogo de partidos, pero al final la solución será conjunta. Eso explica que el presidente haya mezclado tantos conceptos y se haya desviado de su hoja de ruta: "Primero la paz, después la política".
El problema de Rodríguez Zapatero es cómo explicar eso a la opinión pública. Y el señor presidente sólo tiene una fórmula: envolverse en un discurso necesariamente vaporoso, inevitablemente buenista, pero endiabladamente llamado a satisfacer sobre todo a quienes por primera vez escuchan desde Madrid eso del respeto a sus decisiones. A partir de ahora, Zapatero tiene dos obligaciones, e ignoro cuál es más urgente: mantener el espíritu de diálogo con Euskadi y serenar a la opinión española que ayer, desde algunos medios informativos, tocaba cornetas de escisión social. Caído del cartel Ruiz-Gallardón todavía aspira a ser candidato al Congreso, que es compatible con ser alcalde de Madrid. Lo acaba de confesar en La Vanguardia,con una sinceridad que le honra. Pues lamento decepcionarlo: hoy por hoy, no estará en esa lista. Tiene demasiada oposición dentro de su partido. Hay demasiadas personas que se oponen a ese lanzamiento estelar a la política nacional. Y esas personas mandan mucho e influyen en Rajoy.
El Clinton español ¿Han visto la cordialidad con que hablan Felipe González y Hugo Chávez? Pues no minusvaloren la imagen. Es la segunda visita de González al jefe de Estado de Venezuela. Y no es un viaje de negocios, como se suele decir del ex presidente. Felipe es el gran valedor de la decaída oposición venezolana. Es la persona a quien piden auxilio. Y no llega a ser embajador volante de Zapatero, pero lleva sus mensajes. Sobre todo, a América Latina.
ZP ganará No es más que un chascarrillo, pero, como todos los chascarrillos, tiene un fondo de dibujo de la realidad. Dice así: pase lo que pase en las elecciones catalanas, el ganador será ZP. Si gana el PSC, evidente; pero si gana CiU, también. Porque si Montilla saca un voto más que Maragall, habrá ganado su candidato. Pero si el triunfo es de Artur Mas, habrá ganado su protegido. A eso se llama tener todas las cartas.

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