El Estado democrático ha ganado la batalla, pero la victoria sólo será útil si se le quita a los terroristas la posibilidad de volver a usar las armas. Esto no es Breda; hay que ser implacables con los que nunca lucharon como caballeros. Zapatero tendrá que convencer a ETA de que entregue el revólver, no con promesas pueriles, sino demostrándole que la organización está derrotada, infiltrada (chófer de Antza). Que el Gobierno no espere el desarme voluntario de un enemigo hasta ahora irreductible; entre ellos hay muchos psicópatas, pero también hay gente que ha mamado el biberón patriótico, que tiene capacidad de análisis, que ha reflexionado muchas horas en el destierro o en la universidad de la sombra y el maco. Recuerden los que van a dialogar con tipos duros que es muy peligroso no dar salida a quien no tiene nada que perder.
El Gobierno tendrá que tener en cuenta el peso de los muertos, de sus propios muertos, y la fuerza de las convicciones de millones de españoles que interpretan este diálogo como una capitulación, como una sumisión cobarde al enemigo que aún habla de derribar nuestra débil Constitución, del mismo modo que «el aquilón doblega las endebles cañas» (Clausewitz). El propio Clausewitz dice que el objetivo inmanente al conflicto es desarmar al enemigo. «El desarme equivale a la caída al suelo del luchador». Denuncia a los liquidacionistas, que con apresuramiento, con vil sumisión y ruines lisonjas, no contentos con sacrificar el deber a la tranquilidad, insultan y persiguen con odio inexpiable a los que se mantienen firmes; eso ha ocurrido aquí estos días; con desvergüenza, los lacayos de sede han injuriado a los jueces que aguantan con la ley en la mano, a las víctimas que no desesperan, a los que piensan que no es suficiente que no maten porque ahora hay que lograr que no caminen errantes por las esquinas txapotes con pipa en el sobaco. También hay que respetar a los ciudadanos honrados que no quieren que cualquier solución venga con más sangre; ya lo advirtió Voltaire: «Una de las mayores desgracias de las gentes honradas es que suelen ser cobardes». La paz no es más que la continuidad de la política antiterrorista por otros medios.
Que acaben los gritos. La suma de opiniones no configura la verdad. Cristo fue crucificado por una mayoría callejera. La calle tiene su fuerza, pero más tiene el Parlamento. Ni los 10 millones del PP ni los 10 y pico del PSOE deben mezclar la sangre con el veneno de la pasión y la codicia política. Lo harán, lo están haciendo, pero lo importante es convencer a los etarras de que el Estado democrático no les va a dar nada gratis y el futuro no es como ellos habían previsto; además del suyo hay millones de futuros; el hecho de que se les siente en una mesa no indica debilidad del Gobierno, sino determinación.
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