Regresa Lluís Pasqual a Barcelona, al Grec 2006, con Shakespeare, y por partida doble. No se lo pierdan. Es teatro en estado puro, inteligencia en estado comunicativo. La familia de este hijo pródigo debería darle la bienvenida, lanzar las campanas al vuelo, disfrutar una vez más de esa creatividad escénica suya, llorar por no haber sabido tenerle más a menudo trabajando con nosotros, entre nosotros.

Se han estrenado ya en el nuevo Teatre Lliure los dos montajes shakespearianos que produjo el Teatro Arriaga de Bilbao, y Nuria Cuadrado charló con él para este periódico, y cerró su relato con una frase de Pasqual que resume bien lo que él ha aportado al teatro: «Un espectáculo es contemporáneo cuando conecta con el espectador». Conectar, hacer vivo y actual todo lo que pone en escena, sea una obra de Koltés, sea una de García Lorca, sea como ahora, con un Hamlet doblado de una Tempestad.

Y lo ha hecho a lo largo de una vida en permanente itinerancia.En Reus de adolescente, en Polonia cuando quiso aprender, en Gràcia cuando se fundó el Teatre Lliure y luego, huyendo del tedio, huyendo del provincianismo, también en el Madrid locamente creativo de la movida, y luego en el París convertido en capital europea también del teatro. Ahora en Bilbao.

Si alguna cosa caracteriza la poética de Lluís Pasqual es su universalidad. En tiempos de parroquialismo, el espíritu universal no está de moda, y la ideología aldeana, las actitudes narcisistas, dominan no sólo nuestra política sino también nuestra vida cultural.El que se va es incluso mal mirado, tan mal como el que busca horizontes creativos lejos de la producción local, por mucho que ésta sea mediocre, aburrida, inane.

Frente a la tediosa tendencia a buscar raíces, nada mejor que la oxigenante idea de andarse por las ramas, a ver hasta dónde llegan, sin miedo a caerse y darse un trompazo. Y eso no le impide a Pasqual volver a casa. Lo siguiente será dirigir un Belbel, ahora que el pobre Sergi se ha convertido en funcionario del Teatre Nacional de Catalunya. Pasqual es como ese catalán que, cuando ha hecho falta, se ha ido por ahí, a Cuba y Argentina, a Hong Kong y a Ginebra.

De Ginebra acaba de regresar mi amigo, y ahora también autor de mi pequeña editorial, Félix de Azúa. Lo comentábamos ayer con él: este país vuelve a recordar amargamente la Cataluña aburrida y pequeña de los años en que unos cuantos decidimos exiliarnos por falta de oxígeno. Eran los tiempos en que Terenci hizo su periplo París-Londres-Roma, y sólo regresó cuando se sintió con fuerzas para vivir de espaldas a las tonterías rampantes que dominaban el cotarro.

Félix se lo está pensando, muy en serio. Es posible que se vaya a vivir unos años a mil kilómetros de aquí. Pasqual ya lo ha hecho muchas veces. Tiene aquí su casa, una casa de farero en lo alto de Vallvidrera y desde la que se ve mucho mar. Pero para poco por estos lares. Algunos se lo echan en cara. Funcionarios de corazón, vividores de la cultura. Otros pensamos que es una suerte que haya todavía catalanes errantes, gente que sabe muy bien dónde están las raíces y que no necesita perder un instante más mirándolas, que prefiere aventurarse por las ramas, explorarlas, arriegarse a que una se parta. Es mejor romperse la crisma que vivir la vida entera componiendo la figura triste y maloliente del caganer.

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