Haré honor a la palabra dada y cumpliré las promesas", anunciaba José Luis Rodríguez Zapatero el 14 de abril del 2004 en el debate de investidura. Y al cabo de cuatro días ordenaba la retirada de las tropas españolas en Iraq. Ese correlato temerario y fulgurante entre idea y acción, entre promesa y realización, es el párrafo clave de la actual legislatura. Sobre ese párrafo se sostiene la columnata gubernamental, ora asediada, ora asentada. Ése es el leitmotiv de la película, como se decía en tiempos de los cineclubs; el motivo conductor de porcelana que si se rompe puede devolver a centenares de miles de jóvenes y no tan jóvenes a la abstención.
Consciente de ello, Zapatero prefirió ayer quedar mal ante el público exigente, antes que escaquearse de ese párrafo que le conecta con tres sensibilidades básicas: la juventud urbana y estudiantil, hoy más apegada a los iconos que a las ideas, y deseosa de ramalazos auténticos;el catolicismo difuso, siempre atento a la bondad de las intenciones y a la liturgia de los gestos; y una veterana idealidad española, no exclusivamente castellana, que todavía ve en la palabra dada la nobleza de la madera oscura: seriedad de notaría y añoranza de un tiempo que ya no es; nostalgia del primer capitalismo.
Por ello, apurando la curva de una coyuntura mala y después de unos días de duda y desconcierto, Rodríguez Zapatero, astuto, optó ayer por hablar en y no ante el Parlamento. Hay un evidente salto de calidad entre ambas proposiciones, pero en la democracia mediática el decorado, el fondo de la imagen, cuenta muchísimo. Vivimos en un nuevo barroco.
De manera que el presidente del Gobierno compareció en el Congreso y estuvo hablando quince minutos ante las cámaras en el vestíbulo principal de la casa. Ubicado frente a la estatua de Isabel II, "reina de los tristes destinos", habló suelto y sin papeles, a braccio,como les gusta a los elocuentes italianos, que es una manera de hablar que suele quedar bien en televisión, porque es natural, directa y tiene sus riesgos, como muy bien sabe Pasqual Maragall.
Zapatero no es un gran orador, puesto que maneja un vocabulario más bien limitado, un léxico reiterativo que oscila siempre entre dos órdenes, el republicano y el celestial, que tienden a la elevación, pero suele expresarse con eficacia. Aunque con algunas trampas en la sintaxis que podrían pasar algún apuro en los exámenes de selectividad, el presidente siempre acaba diciendo lo que en el fondo desea transmitir. Se le entiende perfectamente. Y eso, que ya era importante en el barroco, lo es mucho más en el mediático.
Por la tarde, sus asesores y consejeros estaban divididos entre quienes creían que el jefe había estado, una vez más, estupendo, y quienes consideraban que mejor habría sido una declaración corta, escrita y con gafas de estadista. Una declaración grave y en tensión con el bullicio imperante. Que es como lo hubiesen hecho José María Aznar y Felipe González en el muy improbable caso de que hubieran considerado oportuno informar previamente en el Congreso de las conversaciones con ETA en Ginebra (1998) y Argel (1989).
Además de Isabel II, detrás de Zapatero había dos urnas; una con la Constitución de Cádiz, la Pepa de 1812, tan jaleada ahora por la fronda antifederal, y otra con la bandera donada a la milicia local de Cabeza del Buey (Badajoz) por don Diego Muñoz Torrero, natural de esa localidad, sacerdote y mártir de la causa liberal, que murió en 1829 de atroces tormentos en mazmorras de Navarra después de haber defendido con valentía la separación de poderes, la abolición de la Inquisición y la libertad de imprenta. Presenta la susodicha bandera rojigualda cuatro cabezas de buey estampadas en sus ángulos.
Y una de ellas miraba ayer fijamente a Zapatero. Y aunque un buey no es uno de esos toros que ahora algunos enarbolan como sustituto racial de la cosa franquista, no deja de ser un animal con cuernos, y eso siempre impone. De manera que ese buey cejijunto y badajoceño podía ser el juez Grande-Marlaska que esta semana, antes de despedirse del primer plano la Audiencia Nacional, ha estado a punto de empitonar al PNV (por primera vez el nacionalismo vasco es judicialmente asociado a la extorsión de ETA, ojo al dato); o Mariano Rajoy, últimamente con máscara de densa fatiga; o la alianza Aznar-Murdoch; o los sectores más umbríos de la derecha judicial que casi sueñan con meter a Zapatero en el trullo por colaboración con banda armada.
El buey, bien astado, estaba allí, esperando la palabra dada.

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