Fiesta grande de San Pedro. Entrega de honores y distinciones del Ayuntamiento. Colegiata de San Juan Bautista. Una pantalla de televisión ofrece el acto en circuito interno para la zona lateral del templo, sin visibilidad directa. El realizador pincha la cámara que recoge las cuatro cabezas que presiden la ceremonia: Montes Estrada (IU), la alcaldesa Felgueroso, Morales (PSOE) y Pardo (PP). Suena la «Fanfarre-obertura a Jovellanos», solemne, ceremoniosa.

La conjunción de los cuatro rostros y la fanfarria de fondo le trae de pronto a uno a la cabeza aquella imagen inmortal del «travelling» que recoge a la familia del príncipe Fabrizio de Salina, en la iglesia de Donnafugata, según Visconti, en «El Gatopardo».

Todo ha tenido que cambiar para que todo permanezca igual. La municipalidad, ese poder todavía emergente de la España contemporánea -y en ocasiones ya petrificado-, otorga honores al señorío de la sociedad civil, con su punto de altruismo.

Como la película «El Gatopardo», la ceremonia de ayer duró casi tres horas.

Sin minusvalorar al resto de homenajeados -Sporting, Once, Bolera Reculta y Peña Magdalena, Agrupación Artística Gijonesa, Mariano López Santiago y Marcelo Palacios-, el teólogo y jesuita «de derecho y de hecho» -como afirmó la Alcaldesa-, José María Díez-Alegría, pronunció las más nobles palabras, de una nobleza que se extingue: «He sido muy poquita cosa. A los 25 años sufrí una crisis de fe que logré superar milagrosamente porque la fe es un fenómeno místico y no certeza intelectual».

Tras relatar sucintamente esa experiencia, Alegría -que es como le llaman sus amigos- agregó sentirse en sintonía con «los que no creen, pero son capaces de amar al prójimo como a sí mismo, y son capaces de misericordia».

Puentes como éste van quedando pocos. «A Dios nadie lo ha visto nunca, pero Dios es amor», remató Alegría, y el auditorio aplaudió y se puso en pie. ¿Qué es un Ayuntamiento si no sabe subirse a hombros de gigantes?