SI tomamos Marbella como ejemplo -si se quiere, excesivo- de lo que es la corrupción en la vida municipal española, no estaremos alejándonos de la realidad. Podrán variar, de la costa a la montaña o del regadío al secano, los volúmenes dinerarios de un vicio tan feo como institucionalizado; pero el principio en el que se asienta tanta golfería, con generalizada guarnición de prevaricación y cohecho, es el mismo en una lamentable mayoría de nuestros ayuntamientos. A partir de tan dolorosa observación pueden hacerle infinidad de lecturas, todas deprimentes; pero hay una que, por presente en todos los casos conocidos, adquiere especial importancia política.

En el caso marbellí, que nos sirve de lamentable punto de partida para esta observación, está clara -y más lo estará cuando terminen de hablar los jueces- la responsabilidad de quienes, en su mayoría imputados por los tribunales, ocuparon asiento en las anteriores formaciones del concejo; pero no debiera quedar ahí la cosa. La Diputación de Málaga y, más todavía, el Gobierno de la Junta de Andalucía han actuado como Don Tancredo en el espectáculo y les cabe, por su pasividad, una posible responsabilidad judicial y, en cualquier caso, una segura e inmensa responsabilidad política. Manuel Chaves es el paradigma y principal protagonista por no haber actuado durante años -muchos- en un asunto tan tortuoso como presente en el clamor popular.

España apesta a corrupción. Pasqual Maragall, sin consecuencias, tasó la correspondiente a Cataluña en un 3 por ciento y no hay quien se atreva a evaluar fenómenos como el de la construcción en Seseña (Castilla-La Mancha, a un paso de Madrid) que, de no ser hijos de la corrupción, lo serían de la insensatez complaciente de varias Administraciones. No hay ruta en el mapa de España en la que no puedan clavarse las banderitas negras de lo indeseable, de la corrupción que, grande o pequeña -moralmente son idénticas-, va desmoronando los cimientos, nunca muy sólidos, de la decencia colectiva.

La «cultura del pelotazo», consentida cuando no estimulada en todos los estamentos del poder, ha creado una nueva conciencia en la que todo vale si resulta suficientemente rentable; y, más doloroso aún, los instrumentos diseñados para impedirlo, perseguir a quienes incumplen las normas y repasar las cuentas públicas son, en el mejor de los casos, inoperantes. Será difícil recomponer esa situación que, de lo estatal a lo autonómico y de lo autonómico a lo local, reproduce los mismos argumentos y actúa con gestos idénticos; pero ahí reside la potencialidad de nuestro futuro. O se acaba, pronto y enérgicamente, con la costumbre de la corrupción o la palabra «mañana» carecerá de sentido entre nosotros. De esa corrupción, en ella y por ella, vienen las demás, las que descoyuntan la Nación y convierten en confeti la Constitución vigente.