HA valido la pena esta traca final del juez Grande Marlaska -algunos partidarios hacen hincapié en su primer apellido- sólo por ver a Arzalluz hacer el paseíllo en la Audiencia Nacional. Como testigo, claro; el antiguo santón del PNV carece de horizonte penal, aunque su paisaje moral esté lleno de sombras de responsabilidad en el clima ominoso de los años de plomo, cuando se aplicaba a recoger las nueces políticas del árbol de sangre que agitaban los asesinos. Por eso hay mucho de justicia poética en ese instante en que el ex jesuita vasco subía ayer los escalones más famosos de España, mientras en Marbella volvía a desparramarse, con oportuna sincronía, el aceite espeso de la corrupción inmobiliaria. Arzalluz ante el juez; un retrato de época. O de fin de época.
Ya le ocurrió a González, cuya estampa ante el Supremo sancionaba simbólicamente una etapa cenagosa del Estado de Derecho. Visto lo visto, después puede que haya razones para acabar sacándolo bajo palio, pero la relatividad de las comparaciones no basta para olvidar el limo criminal que dejó correr por las cañerías del Estado, aquella X que nunca se despejó procesalmente en el borroso organigrama de la guerra sucia. Su interrogatorio en el Alto Tribunal sirvió al menos como reparación moral de una espesa burbuja de impunidades, y las urnas ejecutaron luego el veredicto político que permitía pasar página. Pero Arzalluz nunca compareció siquiera en unas elecciones; simplemente hizo mutis de conveniencia, cuando estimó oportuno, camino de la oscuridad del túnel de la Historia.
De allí lo ha sacado el juez Marlaska para hacerle la foto pendiente de un ciclo que se cierra. El presidente Zapatero ha decidido que ni ETA ni el nacionalismo de exclusión tengan el Nuremberg que reclamaba la responsabilidad histórica, y en vez de eso es probable que ocupen asientos preferentes en una conferencia multilateral «de paz», pero un joven magistrado homosexual recién casado, un hijo sociológico del zapaterismo, un vasco de la hastiada diáspora del conflicto, ha emprendido por su cuenta el desagravio de una pesquisa casi metafórica desde una efímera y declinante comisión temporal de servicio.
Cuando el rostro avinagrado, inhóspito y desabrido de Arzalluz recibió ayer el incruento impacto de los flashes de guardia en la puerta de la Audiencia que simboliza -por ahora, o todavía- la voluntad de firmeza jurídica del Estado, su desapacible propietario gruñó unos cuantos exabruptos y se declaró dispuesto a impugnar y desacatar la Constitución que le protege con sus garantías. Como si alguna vez hubiese hecho otra cosa en toda su trayectoria política. En eso hay que admitirle una rocosa coherencia, una notable determinación en la constancia, una manifiesta voluntad de estilo; este hombre no se defrauda nunca a sí mismo. Ni siquiera ante el espejo moral de una causa sin más horizonte que el olvido.

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