Heidegger desde su paisaje, de Norbert Bilbeny en La Vanguardia
La vida es un "haz de posibilidades", escribió Ortega y Gasset. Bonita frase, ¿pero cierta? Siempre hay otra posibilidad,por pequeña que sea. O grande, la más grande, como cuando nos negamos a estar en un callejón sin salida. Negar es la alternativa siempre.
Mirando, desde su mismo lugar, el paisaje que miraba Heidegger al escribir sus obras sobre la existencia, las suaves pendientes de la Selva Negra alemana, uno puede presentir que la vida es un "haz de posibilidades". Ortega y Heidegger, por cierto, llegaron a conocerse. En este paisaje de montaña, alrededor del pequeño pueblo de Todtnauberg, todo parece, en efecto, variedad y cambio. Ha dejado de llover, se ilumina el valle, y las nubes, en vuelo rápido hacia el sur, tiñen y destiñen de sombra sus laderas.
Junto a la pequeña casa de madera donde habitó el filósofo, sin luz ni agua corriente, los abetos y los arces han sacado sus brotes, y las campánulas, amarillas y violetas, buscan el sol entre los musgos. Al lado, una fuente vierte agua sobre un tronco vaciado. Si el visitante quiere beber, debe agachar la cabeza bajo una estrella de madera, regalo del poeta Paul Celan al filósofo.
Pero este paisaje de posibilidades está acotado. Hay senderos, pero no horizontes claros. Los filósofos de montaña piensan en el ser y la existencia. Los del mar, por el contrario, en el devenir y la libertad. Y si no son de un paisaje o de otro, hacen geometría o se dedican a la política. Las páginas de Heidegger sobre nuesta condición de estar "arrojados al mundo", mundo que es tiempo, historia, y a menudo impersonalidad, es decir, olvido del ser, no es fácil que pudieran haberse inspirado frente al mar y entre el trajín de la gente que vive del comercio o está ahí hablando lenguas diferentes. Caminar hacia Todtnauberg, divisarlo después desde el valle, es como tener que olvidarse de este marco abierto, en esencia libertario, donde el "haz de posibilidades" no nos deja representar ningún círculo que las limite. Ante el mar es difícil sentirse arrojado a la existencia, más bien se siente uno "empujado a la libertad".
Se cumplen ahora treinta años de la muerte de Heidegger. Y cincuenta desde que publicó ¿Qué es filosofía? No se habla mucho de eso en los cada vez más estrechos y extraños ambientes de cultura. El filósofo colaboró con el nazismo, aunque fue por poco tiempo. Lo peor es que no abjuró de él, y eso aún se paga, para empezar en su propio país. Desde Friburgo, donde vivió y enseñó, no se encontrará ningún itinerario que recuerde sus pasos. Ni el trayecto hacia el cercano Todtnauberg, a una hora de coche. Incluso en el pueblo es muy difícil dar con la mítica cabaña del pensador. Qué ingenuo es el pensamiento: ¡pensar que Heidegger siempre habló de la piedad del pensamiento!
Hay poca piedad con Heidegger, para empezar desde el pensamiento, que lo pone en un rincón exótico o lo mantiene en el formol de la academia libresca.
Y las páginas más vibrantes y certeras sobre el hecho existencial del pensar quizás las haya escrito este autor. El pensamiento necesita ser ingenuo como un camino, no diestro como una profesión.
Escribió hacia el final: "Si el viento, dando un cambio brusco, empieza a gruñir por entre las vigas de la cabaña y el tiempo quiere ponerse cada vez peor..., el peligro malo, el peligro confuso, es el filosofar". Pero, en contraste, afirma: "Lo más antiguo de lo antiguo nos sigue en nuestro pensar y por eso viene a nuestro encuentro".
Pensar ante todo.
