La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

28 Junio 2006

Como si no estuviéramos ahí, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

Se había anunciado que de madrugada, finalmente, los famosos papeles catalanes iban a salir del depósito de documentos salmantino. Aproximadamente a medianoche, un espacio informativo de TV3 conectó con su equipo situado en la ahora llamada - con tanto acierto- calle del Expolio. Entonces, el periodista informó rotundo, a través de imágenes en directo que no daban margen a dudas, que en la calle hacía rato que no quedaba ya ningún medio de comunicación.

A los periodistas les suele ocurrir muy a menudo: se imaginan observadores tan externos a la realidad de la que informan, que se olvidan de que ellos forman parte también de esa realidad. En la calle salmantina sí había un medio de comunicación: TV3. Pero la obviedad de tal presencia quedaba invisibilizada en el discurso informativo, de manera que retóricamente se conseguía crear la impresión de ausencia de mediación, incluso de objetividad, como si fuera el ojo del telespectador el que constatara que allí, en aquel momento, ya no quedaba nadie.

Me he acordado vivamente de la anécdota en esta hora de la retirada del presidente Pasqual Maragall de la carrera electoral que se anuncia para otoño, colofón del fracaso del primer gobierno de coalición que quiso ser de izquierdas y catalanista. Y es que han abundado hasta la náusea los análisis de opinión y los resúmenes informativos en los que se repasan minuciosamente las circunstancias de tal naufragio invisibilizando, como en la crónica de Salamanca, a uno de los principales protagonistas de la zozobra: los propios medios de comunicación y los comentaristas políticos.

En algunos análisis se llega a obviar cualquier otra realidad que no sea la de la lógica estrictamente partidista, pormenorizando sobre la responsabilidad del PSC y del PSOE en su caída, pasando por los desaciertos de ERC, las genuflexiones de ICV, los envites de CiU o el obstruccionismo del PP. En la mayoría de casos, el periodista o el analista habla como si se tratara del comentarista radiofónico de una partida de ajedrez con reglas y jugadores absolutamente ajenos a las influencias mediáticas. Se habla de política como si ésta fuera insensible a la acción de los poderes fácticos de los cuales forman - formamos- parte.

Hablemos claro: la política no constituye un terreno de juego autónomo, y menos en Catalunya. No hace falta ni recurrir al periodismo de investigación para conocer los detalles más sobresalientes de los poderes con capacidad de actuar políticamente. Sin ningún reparo, hay empresarios que se han atrevido a descalificar el Gobierno tripartito y a Maragall por falta de liderazgo e incapacidad para mantener la estabilidad - y a los cuales se les ha reído la gracia-, siendo bien conocida su responsabilidad en la existencia de medios dedicados a destrozar la figura de Jordi Pujol y desestabilizar la democracia en España. Por no hablar de la Conferencia Episcopal Española, que mientras con la mano derecha se preocupa de sembrar la unidad, con la izquierda enciende el dial que atiza la discordia.

Pero no son sólo las influencias exteriores a la política. Hace bastantes años intenté explicar en Política de paper (1995) algunos entresijos de la promiscuidad estructural entre política y periodismo. La política partidista necesita a los medios de comunicación como el aire que respira para poder representar sus luchas y, así, representarse a ella misma. Los medios de comunicación no nos cuentan la política desde fuera, sino que se convierten en el escenario de ésta y, por lo tanto, en parte consustancial de ella. El periodista acaba ejerciendo, objetivamente, lo quiera o no, y en mayor o menor grado y honestidad, de agente teatral. De manera que ningún relato sobre la caída de Maragall puede ser completo si, además de contar las luchas partidistas que lo han acorralado, no se cuenta qué papel han jugado los escenarios que se le han construido y el trato recibido por los agentes teatrales que han organizado la temporada de espectáculos políticos, incluida la programación del gran show final, sedientos de un gran broche de oro informativo.

Algún día habrá que volver a hablar de objetividad y periodismo para recuperar la exigencia de veracidad, hoy tan denostada. Pero ya anticipo ahora que la ocultación retórica del papel que juegan los medios de comunicación en lo que cuentan no me parece el mejor camino. Esa arrogancia de la omnisciencia del analista político que sabe sin estar ahí, de la voz en off televisiva impersonal y sin sujeto que se asemeja a la voz de Dios - como decía Christian Delacampagne-, es mendaz. La búsqueda de la objetividad que considero irrenunciable, además del respeto por los hechos, no permite la ocultación del propio punto de vista, sino todo lo contrario: exige su explicitación, de manera que el lector pueda relacionar críticamente el punto de mira con lo visto.

Durante la última crisis política gubernamental británica, Tony Blair se quejaba, con razón, de que los medios de comunicación imprimían una rapidez a la acción política que no le permitía actuar de manera razonable. Las crisis se hinchaban y aceleraban desde el exterior hasta hacerlas estallar ante la imposibilidad de controlarlas desde dentro. A eso me refiero.

Quién quiera contar honestamente la historia del tripartito y del naufragio de Maragall desde los medios de comunicación, por favor, que además de mencionar cuál es su propio punto de vista, nos diga sin falsas modestias qué vías de agua contribuyó a abrir y cuales taponó. Ni por acusar ni por salvar a nadie: simplemente por respeto a la verdad.

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