Todavía estamos digiriendo las imágenes de los trabajadores del astillero Izar-La Constructora que se arrojaron a las aguas del Natahoyo para retener sólo con sus cuerpos el buque «Juan de la Cosa», heroicamente liberado por las fuerzas del Estado.

Era domingo a media tarde, esa hora mágica en la que si uno pasa por la inhóspita estación de autobuses de Gijón, o por la estación de ferrocarriles de largo recorrido, o por el aeropuerto de Santiago del Monte, se encuentra con esas colas de asturianos -jóvenes casi todos- que han sido obligados a vivir en el nomadismo, a convertir el fin de semana en un corto paréntesis intercalado entre jornadas laborales lejos de su tierra.

Hace unos años tuve la fortuna de ser profesor en un centro de Formación Profesional -la Fundación Revillagigedo, el «Gedo»- en el que, como en otros centros de Gijón, se preparan desde hace décadas magníficos metal-mecánicos, o apreciables trabajadores de las ramas de electricidad y electrónica. Los caldereros del «Gedo» tienen un prestigio inmenso, de manera que reciben tentadoras ofertas de trabajo incluso mucho antes de terminar los estudios reglados.

Nada de ello servirá para alimentar a una parte de la industria local cuando Izar-La Constructora se adentre en la agonía que le propone el Gobierno central y su brazo ejecutor de la SEPI.

Quiero decir que en esta crisis del naval que asuela Gijón existe un factor que corresponde al presente y al más inmediato futuro, pero hay otro elemento de responsabilidad intergeneracional, circunstancia que el amor a lo contemporáneo o la corta duración de un mandato gubernativo -cuatro años- tienden a olvidar

Esos operarios que se tiraron al mar el domingo pasado anticipan el momento en el que sus hijos -leyendas urbanas- se arrojarán a por el tren, el autobús o el avión. El día siguente de haberse tirado a por el «Juan de la Cosa» no será probablemente para ellos un lunes al sol, sino un lunes con faja. Y el de sus descendientes, un lunes con maleta.