Algunos lectores me reprochan que el sábado fuera duro con Pasqual Maragall. No lo fui, reconocí su inteligencia y no insistí sobre su intermitente encanto ni sobre sus JJ. OO. porque mucha gente lo evoca. Pero si Maragall ha podido actuar como ha querido y juzga según su entender, no existe razón para que no pueda hacerlo yo. Su profesión es una, la mía otra, con las dos servimos al ciudadano. Y sanseacabó.

Aunque haya una diferencia: él goza de un poder importante, yo de ninguno. Y ahí radica uno de nuestros males: Catalunya es pequeña, entonces las figuras pueden exceder el marco, con lo que palidecen las coordenadas generales y se acentúan las personales, luego un cargo y una institución responden más al talante de quien los usufructúa que a su función objetiva, lo que motiva a su alrededor una serie de bailoteos de personas más atentas al príncipe que a las normas, leyes y categorías. El catalanismo y la izquierda, además, han entendido la política como versiones de mando muy por encima de lo que han apreciado el peso hondo de la cultura, la complejidad de la sociedad, el prodigio de la ciencia, la fuerza irresistible de la economía, España con sus omnipotentes cámaras y recámaras y con su copioso trenzado catalán.

Resumiendo el proceso: como aquí no se puede dominar la realidad, se la pretende marginar a través de la ideología, con lo que cobran gran presencia los actores de la operación, los cuales, para interpretar mejor su ficción, necesitan recluirse más en su teatrillo, pero al fin todo queda desvencijado menos la realidad exterior, que retorna por sus aplastantes fueros. Maragall ha contribuido a crear un sistema del que ha sido inevitablemente héroe y víctima. Y hay algo que debido a este proceso no nos hemos preguntado y deberíamos hacerlo: ¿por qué en 30 años de democracia hemos dado tan pocos políticos a los gobiernos de Madrid, los cuales además no han sido importantes o han sido destituidos por bocazas o por inoperantes? Con la excepción de Serra y de Piqué en sus primeras etapas. Ese tipo de personalidad a su aire no se incrusta en los hechos, sino que navega sobre ellos como con una tabla de surfing...pero sin contar con las olas. Malo.

Es probable, pues, que con ese vuelco de Maragall haya volcado más un sistema que a él mismo. Con él, se va retirando una generación que imaginó reducir el mundo a su medida progre, universitaria y elitista, Franco al recluirlos y Pujol al vencerles les facilitó esa posibilidad. Pero no pequemos considerándolos productos sociológicos sin más, el propio Maragall sobrepasa su coyuntura, ha tenido ideas, es impetuoso, impele, pesa.