Al PSC le ocurre ahora lo mismo que a CiU después de las elecciones catalanas de 1999. Los nacionalistas sabían que con Pujol apurando su papel de líder irían a una derrota segura en los próximos comicios, así que les era imprescindible fabricar pronto un sucesor, para tener alguna oportunidad de salvar los trastos. En la calle Nicaragua, tras meses de ansiedad, han llegado a una conclusión equivalente. En la carrera electoral de otoño, Pasqual Maragall hubiera salido como perdedor, mientras que con José Montilla todo está abierto. El problema de los socialistas es que fuerzan este relevo a última hora y con el fracaso del tripartito pegado a las siglas. Para compensar la imagen negativa confían en Zapatero como factor de movilización de su público abstencionista, lo cual relativiza el valor de Montilla, porque el verdadero rostro que opondrán a Artur Mas será el del inquilino de la Moncloa, el hombre más aplaudido en el barrio del Carmel. Si seguimos este argumento hasta el final, al PSC le da igual poner como cabeza de cartel a Montilla que a una estatua viviente de la Rambla. El plus incuestionable de Montilla es que manda la máquina y que su nombre evita abrir una lucha fratricida entre Tura, Castells y otros socialistas con ansias presidenciales.
¿Habrá efecto Zapatero en las próximas elecciones catalanas? No lo sé. Me atengo al pasado reciente para buscar luz. Tenemos memoria de lo que pasaba con Felipe González, el victorioso presidente que no pudo evitar las repetidas derrotas de Raimon Obiols frente a Jordi Pujol. Recuérdese que en 1984, dos años después de que el PSOE llegara a la Moncloa en medio del entusiasmo general, el líder de CiU arrasó con su mayoría absoluta más ventajosa. Claro que Mas no es Pujol, pero tampoco Zapatero es González, así que vayan apostando. Y retengan los datos del referéndum por comarcas.
Por otro lado, las elecciones catalanas de otoño servirán para ver hasta qué punto tienen razón los sabios y estrategas que, durante años, han sugerido que el abstencionismo diferencial del votante socialista en las autonómicas se podría romper el día que alguien apellidado Montilla (o García, o Pérez, o Álvaro) fuera candidato a president. Esta teoría (nacida en aulas progresistas) siempre me ha parecido peligrosamente reaccionaria y etnicista. Como me lo ha parecido esa manía de contar obsesivamente cuántos consellers y directores generales de la Generalitat representan a els altres catalans.Como me lo pareció un argumento central de ERC a la hora de forjar el tripartito a partir de una "apuesta estratégica para integrar definitivamente al país a los catalanes originarios de lengua castellana". EN LA CARRERA Quizá porque me apellido Álvaro, quizá porque mi electoral de otoño, abuelo paterno era un peón que vino de Murcia Maragall hubiera salido antes de la Guerra Civil, y quizá porque mis tíos hablan como perdedor; con catalán y castellano sin problema me parece Montilla todo está abierto impresentable recurrir a tales teorías. Es un insulto a la inteligencia de los electores pensar que llamarse Montilla pueda ser un gran mérito o una gran desventaja. Cualquier símil con un presidenciable negro en Estados Unidos es una sandez que prescinde de la compleja mezcla que conforma la sociedad catalana.
Otra cosa es la orfandad política en la que quedan a partir de ahora las satisfechas elites progres catalanas, acostumbradas a las fantasías de Maragall. La candidatura de Montilla certifica que los creyentes de la Beautiful left se han hecho mayores y que su último héroe ya es historia. Muchos de éstos confiesan en privado que votarán a Saura ( "porque al de Cornellà no lo aguanto"). Siempre les quedará Cadaqués para refugiarse. ¡Pobrecito conde de Sert!

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