Es un deseo íntimo, pero profundamente arraigado. Así como algunos hacen rogativas para que llueva y acabe la pertinaz sequía que nos asuela o para que les toque la primitiva, yo sólo le pido al Sumo Hacedor que España quede eliminada bien pronto, a las primeras de cambio. Porque se me yerguen las meninges cada vez que veo a Manolo el del Bombo, cada vez que contemplo a unos presuntos seres humanos cantando en corro, henchidos de supuesto ardor guerrero, "Opá, a por ellos, a por ellos", u oigo aquello de "Que viva España", nacida de una noche de borrachera alemana en Palma y magistralmente interpretada por Manolo Escobar.

Por lo que más quieran, que el supuesto equipo nacional quede eliminado de una vez y sobre todo que no marque más goles Raúl y le dé besitos al anillo porque me pone de los nervios. La representación española está a la altura de las circunstancias. El presidente de la Federación Española de Fútbol, el señor Villar, elegido con el voto del señor Laporta, fue investigado por corrupto, y el seleccionador nacional, el ínclito Luis Aragonés, en cualquier país civilizado estaría de patitas en la calle por ser un racista.

Menos mal que los futbolistas van ataviados de calle con trajes a rayas diplomáticas gruesas, del señor Grisby, para aportar, según él, una imagen "joven y agresiva" y romper así con un mundo "riguroso e inmovilista" y para que cuando suene el himno español, Puyol, el mismo que se tiró por una ventana porque su madre no le compró un disfraz de Superman, ponga cara de creérselo.

Por favor, que pierdan ya y así nos evitaremos ese cúmulo de suposiciones, por los radiotelepredicadores madrileños, sobre lo que pueda pasar y nunca acaba sucediendo. Ya esa multitud congregada en la plaza Colón bajo la enseña rojigualda que mandó colocar el señor Aznar, convencidos de que son los tercios de Flandes. Porque si en el peor de los casos España hace un papel cumplido, la ola de baba patriotera, tipo tsunami, que nos puede invadir por tierra, mar y aire, los daños colaterales sobre nuestra inteligencia, puede tener las mismas consecuencias que un discurso de Bono sobre la unidad de la patria. Que pierda España, pero que pierda ya, por lo que más quieran, que pierdan aunque esté de acuerdo, de una vez y sin que sirva de precedente, con el ínclito Albert Boadella.

En mi fuero interno tengo que esto de las selecciones nacionales es una perfecta chorrada, la de España, la de Catalunya y la del Cantón Independiente de Cartagena. Formar un equipo de fútbol por el origen de sus jugadores - un mero accidente geográfico- tiene tanto sentido como agruparlos por el color de los ojos, la tendencia sexual o el coche que conducen. A mí me repatean los higadillos esas convocatorias para demostrar el orgullo nacional como los campeonatos del mundo de fútbol, los Juegos Olímpicos, los concursos de misses o los festivales de Eurovisión. ¿Qué tendrán que ver Alonso - que se ríe cuando suena el himno de España- o Pedrosa con el patriotismo? Y ahora que no me vengan los de izquierdas - los mismos que decían que el fútbol era el opio del pueblo en tiempos de Franco- explicando que, en este mundo de globalización, hamburguesas para todos y señoras con pechos de plástico, el fútbol sirve para reafirmar la identidad. O que por lo visto los humanos necesitamos tener mitos para continuar pisando el planeta Tierra. ¿Pero es que ya no queda ni un átomo de buen gusto? Aunque sea pequeñito.