AHORA hablamos de Maragall como si fuese el hombre de los mil errores, y el único que no supo interpretar el momento por el que atravesaban España, Cataluña y su propio partido. Pero todos los estudios demuestran que, aunque Maragall es el único que fue descalificado en medio de la carrera, su partido salvará los muebles en las próximas elecciones, mientras que PP y ERC, en divina compañía, las pueden llevar en los dos carrillos. Si el PSC lo hizo mal, el PP lo hizo peor. Y si los catalanes creen que Maragall merece un correctivo, Mariano Rajoy ya no cuenta en su futuro.
Por eso es urgente que Núñez Feijoo destape sus cartas cuanto antes, para aclarar ante todos los gallegos esta elemental disyuntiva: si va a dejar que Galicia tenga un Estatuto igual de malo que todos los demás, o si va a dar la batalla para que seamos la única oveja blanca en un rebaño de ovejas negras. Porque si tiene la intención de favorecer la redacción de un Estatuto razonable, le queda poco tiempo para desmarcarse del discurso de Génova 13 y situar sus debates y discrepancias en ese punto de sentido común en el que la transacción es posible, conveniente y realista. Y si quiere que Galicia tenga un Estatuto constitucionalmente sublime, también tiene que saber a tiempo que los ciudadanos sentimos la misma aversión a ser la oveja negra en un rebaño blanco que a ser la oveja blanca en un rebaño negro.
Anxo Quintana se lo dijo ayer con una claridad y lealtad que no merecen reproche: «Feijoo ten que decidir o que quere ser de maior e só o pode facer el. Non o vou convencer de que nos faga caso a nós, pero si aos seus electores. Estou seguro de que os que votaron ao PP non queren que Galicia acabe tendo un estatus inferior ao de Cataluña ou Euskadi». Porque, aunque es posible que este no fuese el dilema cuando Maragall inició su Estatut, es evidente que lo es ahora, cuando la situación de Galicia debe ser interpretada no sólo desde la letra de las leyes, sino desde la realidad de las políticas y de los contextos jurídicos radicalmente modificados.
Núñez Feijoo tiene que escoger -¡qué bien dicho está!- lo que quiere ser de mayor. Porque puede ser el hombre que se estrelló con Rajoy en los acantilados de la política unidimensional proyectada por Aznar y Acebes, o el líder gallego que supo dar salida a una situación que no tiene grandes alternativas, y que sólo puede encontrar sus consensos en las vías abiertas por los que caminan delante. Y tengo por cierto que, si va a equivocarse, más le vale ponerse caliente como el alcalde de Ferrol, o frío y calculador como yo me pongo en este artículo. Porque a los tibios, dice el Evangelio, «los arrojaré de mi boca».

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