HUBO UN tiempo en el que mirábamos, sentíamos y actuábamos. Ahora, entre unos cuantos, nos han dejado en el limbo. Vemos, intuimos, pero otros deciden por nosotros. Almas perdidas en la caverna de Platón.
De todos los animales del mundo, ¿cuál es el más sabio? A menudo, atrapados en un atasco de circulación o haciendo tiempo en un aeropuerto colapsado, es un buen entretenimiento hacerse preguntas absurdas. ¿El animal más sabio? No el más habilidoso, ni el más inteligente, ni el más astuto. Se trata de conocer al animal que más sabe del mundo que lo rodea aunque su sabiduría no le permita hacer nada para cambiar ese mundo. Ni siquiera para salvarse.
Pienso en la ostra. Atada al destino de la piedra en la que empezó a crecer. Una ostra que abre sus valvas, contempla el mundo, toma nota, se cierra si hay algún peligro y piensa. Una ostra no hace otra cosa que pensar. Toda esa materia gelatinosa es puro cerebro. Mira y se resigna a que algún día las fauces de un humano la engullan entre gotas de limón y pimienta molida. Cada vez que me como una ostra quiero creer que me estoy apropiando de su pensamiento.
El mito de la ostra, esa caja negra de todos los naufragios, me lleva a otro mito: el de la caverna de Platón. Decía el filósofo que las almas se encontraban en una caverna y que solo entendían el mundo por las sombras del exterior que se proyectaban sobre sus paredes. Entre la ostra y el ser humano tal vez no hay tantas diferencias a la hora de querer comprender el mundo en el que vivimos.
La tarde del domingo me lleva a otra imagen platónica. No se puede hacer nada contra el campeonato mundial de fútbol. Si somos humanos y nada de lo humano nos ha de ser ajeno, conectamos el televisor y dejamos pasar la tarde en la contemplación de un partido ajeno. Inglaterra y Ecuador se enfrentan en Stuttgart, la ciudad de Mercedes-Benz. El partido distrae, pero no consigue sacarme del duermevela de la posverbena.
Me fijo en unos personajes con chaleco rojo que están apostados entre el público y el terreno de juego. Tal vez son policías o cuerpos de seguridad privada. Pero esos personajes no miran el partido porque están de espaldas a él. Su función es precisamente fijarse en el público por si el público se desmanda. Siguen el partido como las almas de Platón en su caverna. Lo que sucede en el campo de fútbol lo intuyen por el reflejo que ejerce en el rostro de la multitud. Ellos, al igual que las ostras, miran, piensan y se aburren. No pueden intervenir en el mundo. Simplemente lo pueden interpretar por delegación.
Acaba el partido y repaso la prensa. Una vez más la renuncia de Maragall, los vaivenes de Esquerra Republicana, la justicia errática de Grande-Marlaska, ese juez que prohíbe a Otegi hablar en ese club de maulets que él cree que es Tribuna Barcelona, pero que le permitió disertar hace unos días en la biblioteca Jaume Fuster.
Todo lo que ha sucedido y lo que va a suceder solo lo vemos proyectado en las sombras de la pared de una caverna. No vemos los goles, pero oímos su rugido.
Nos obligan a vivir de espaldas a lo que sucede y nosotros nos resignamos. Miramos, aprendemos, somos sabios, pero al final siempre llega un comité y acaba devorándonos lentamente.

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