La pugna entre cuatro exhibidores españoles y la multinacional Buenavista por culpa del porcentaje de taquilla que la segunda exige a los primeros amenaza con reducir el número de copias de Scary movie 4; cosa que, todo hay que reconocerlo, no puede definirse como una tragedia, ya que las tres primeras entregas de la serie no tenían maldita la gracia. El asunto constituye, eso sí, un nuevo desencuentro en las siempre tormentosas relaciones entre las majors norteamericanas y la sufrida industria del cine nacional, donde los diferentes sectores (producción, distribución y exhibición) suelen quejarse del modo chulesco y prepotente con que aquellas suelen comportarse.
En este nuevo rifirrafe, el cuerpo le pide a uno solidarizarse con nuestros exhibidores, a los que es fácil ver como a los galos del poblado de Astérix enfrentados al imperio; especialmente porque a Buenavista, que se encargó de distribuir mi primera película, solo le debo una campaña publicitaria equivocada, un cartel espantoso (que sustituyó a uno magnífico diseñado por mi difunto amigo Toni Galindo) y que me echaran de los cines a las cinco semanas porque tenían 300 copias de Kill Bill 1 que había que colocar con urgencia.
Si a ello le añadimos que Buenavista ha reaccionado al motín con una publicidad en la que viene a decir que los cines que no quieren proyectar esa obra maestra que, sin duda, es Scary movie 4 son una birria, tendremos que todo lo que sea incordiar a la compañía de Walt Disney será muy bien recibido. Lamentablemente, la situación general del cine en todo el mundo --cada día más triste-- tiñe de melancolía una pugna que, en mejores circunstancias, se abordaría con más brío.
Y es que no estamos ante una lucha entre dos partes, a cual más boyante, de una industria en su mejor momento. Por un lado, la exhibición tradicional tiene los días contados. Más temprano que tarde, el celuloide pasará a mejor vida y habrá que arruinarse en instalaciones de proyección digital en las que se verá... ¿qué? ¿Lo que quieran las majors como Buenavista? Tal vez, pero es que el tiempo de los grandes estudios cuyas películas arrastraban a las masas al cine también está pasando a la historia. Se empieza a hablar ya en Estados Unidos de producir películas que irán directamente al mercado del DVD, películas que nunca se estrenarán en un cine y que la gente adquirirá, si es que lo hace, como el que compra un libro o lo toma prestado de una biblioteca. Si es que encuentra donde comprarlo o alquilarlo, pues no hay que olvidar el reciente cierre de la cadena Blockbuster en España, donde, al parecer, la gente no solo va cada vez menos al cine, sino que tampoco se acerca al videoclub más cercano.
Lo triste de la batalla entre Buenavista y nuestros exhibidores, aunque le demos la razón a estos, es que puede ser una de las últimas que veamos en una industria que no se muere, pero languidece a ojos vistas. Mientras el fútbol seduce cada día a más personas, el cine ya no es la fábrica de arte y sueños que creímos que era durante años. La gente ve películas en casa o no las ve de ninguna de las maneras, y solo acude en masa a las salas para ver determinadas superproducciones. Lo que me pregunto es: ¿saldrá a cuenta producir películas que despachen menos de 3.000 ejemplares en las tiendas? Teniendo en cuenta que escribir un libro es baratísimo y producir una película cuesta un ojo de la cara, me temo que no.

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