«¿Un president charnego?», se pregunta esta semana, para sus adentros o de viva voz, gran parte de Cataluña. Era hasta ahora una cuestión innecesaria, y una palabra, charnego, fea y casi en desuso, que sólo reclamaba para sí el líder de Esquerra. Pero Carod-Rovira, hijo de un guardia civil aragonés, no cuenta: ha hecho los deberes con nota. En cambio, José Montilla (Iznájar, Córdoba, 15 de enero de 1955) llegó a Cataluña con 16 años, milita en el PSC, se expresa mejor en castellano que en catalán, es el ministro español de Industria y fue durante casi 20 años alcalde de Cornellà. También es el casi seguro candidato socialista a presidir la Generalitat tras la renuncia de Pasqual Maragall.
Con Montilla, el PSC se la juega. Parece claro que es un aspirante fiable para la provincia de Barcelona y su cinturón rojo: le avalan las cinco mayorías absolutas que consiguió en el Ayuntamiento de Cornellà. Tampoco se discute su capacidad gestora ni, como muñidor del Pacto del Tinell, su aptitud para cerrar acuerdos en principio contra natura. Pero ¿qué pensará la parte nada despreciable del electorado catalán que se emociona escuchando Els Segadors, que valora electoralmente antes que ninguna otra cosa la capacidad patriótica del candidato?
Es sólo una incógnita entre los cientos que se abren de cara a las autonómicas que se celebrarán a la vuelta del verano. El cordobés sin salero, amo absoluto del aparato del PSC, aterrizará en una campaña extraña que tanto le podría convertir en el nuevo Josep Piqué como colocarle de primer conseller de Artur Mas, para alivio de Zapatero. O podría encumbrarle, a ojos de los apóstoles de la Cataluña real, como el primer presidente alejado de los centros de poder de Sant Gervasi.
Montilla, el hombre en la sombra, está a punto de dar el gran salto. O se encuentra con la nada bajo sus pies o con una alfombra roja con destino al Palau de la Generalitat.
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