ESTO se está emporcando. El rutilante y esperanzador «proceso de paz» se enfanga con miradas desafiantes de asesinos cavernosos y con tramas pringosas de dinero exaccionado en las que aparecen dirigentes de partidos con apariencia respetable. Ha vuelto la kale borroka entre amenazas diáfanas, los batasunos reciben invitaciones para hablar en foros de izquierda caviar, y las víctimas llevan la preocupación en sus rostros, que son el termómetro de la dignidad nacional. Y el consenso político no sólo está roto, sino que sufre un verdadero shock , un estado de coma. Algo malo pasa cuando ni siquiera los obispos alcanzan a ponerse de acuerdo para hablar de la realidad de España.
Lo que sucede es que es un mal momento para la concordia. La oportunidad de cerrar con un acuerdo el problema terrorista se ha presentado en una circunstancia sumamente difícil porque en el escenario político se vive un intenso drama de conflicto histórico. Ese proceso requiere una estabilidad que hoy por hoy no parece posible, y la responsabilidad principal, aunque no la única, es de quien tiene la iniciativa, es decir, el poder. No se puede requerir la unidad cuando todo el programa de acción política está orientado al disenso, al enfrentamiento, a la ruptura, que se extiende incluso a la interpretación histórica del pasado, convertido en un arma arrojadiza para romper el espíritu reconciliador de la Transición. Cuando se busca bronca, casi siempre se obtiene bronca.
El Gobierno ha transformado su agenda en un demarraje hacia la ruptura, hacia un nuevo modelo político, y en medio de esa querella sistemática se ha cruzado la negociación con ETA como un camión atravesado en una autopista. Todos los llamamientos a la unidad son retóricos; no hay un ápice de concesión en la oferta de Zapatero, decidido a abordar por su cuenta una serie de procesos simultáneos para los que no parece capacitado. Y no se trata de minucias políticas; lo que el presidente ha emprendido es un camino neoconstituyente que no estaba en su oferta electoral, y sin apoyo suficiente a la vista de su precaria victoria en circunstancias más que excepcionales. La conmoción del 11-M requería una legislatura suave, de restañar heridas, una terapia de reconstrucción social, pero en vez de eso el Gobierno ha optado por la cirugía de riesgo y ha abierto al paciente en canal sobre una mesa de operaciones a la que le falta una pata.
El resultado es que la operación política más delicada de los últimos años carece del respaldo necesario, que sólo puede ser el de una mayoría de consenso horizontal, y se ha ensuciado de recelos, desconfianza y zozobra. La gente está inquieta porque empieza a ver que se buscan responsables para delegar un fracaso, mientras el mundo etarra se recrece al observar que en el Estado hay fisuras. Todo se ha vuelto muy complejo, muy espeso, pero hay una evidencia desalentadora: que los que tenían que estar tristes están contentos y los que tenían que sentirse satisfechos andan turbados, contritos, intranquilos. Eso se parece mucho a una decepción.

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