Se nos impone el peso de los nombres, unos del verde Gijón, y otros, por desgracia, de luto. Por un lado, Carmen Suárez y Ana García, artífices que fueron de la respuesta rural al PGOU que la municipalidad echó encima de esta ciudad con más voluntad que acierto. Por otra parte, hay otros dos nombres que recordar con amargura: Carlos Redondo e Ígor Medio, dos de los componentes del grupo «Felpeyu», fallecieron ayer a causa de un accidente de tráfico en Álava. Otros seis integrantes del grupo resultaron heridos.
Con la partida de Ígor Medio queda huérfana «La familia Castañón», la tira con la que hemos pasado momentos verdaderamente deliciosos desde hace unos cuantos años en el suplemento de verano de LA NUEVA ESPAÑA. No es equiparable el luto por esta familia de ficción con el dolor que estarán experimentando la familia de carne y hueso de Ígor Medio -y también la de Carlos Redondo-, pero valga el reconocimiento a la chispa y pulso de Medio, genial en ocasiones, como homenaje póstumo a su persona. Descansen ambos en paz.
En cuanto a las dos mujeres de la protesta rural -que ayer congregó en Vega a vecinos y simpatizantes para despedir el curso-, aquí traemos a colación a Carmen y a Ana, sin ánimo de menospreciar a ningún otro miembro de la movilización de la zona rural gijonesa, pero con la convicción de que fueron el nervio y la constancia de las protestas contra un plan urbano inexplicable e inexplicado. Pese a ser mujeres, y pese a su participación en la agitada vida gijonesa -una participación que disgusta a la oficialidad, claro, siempre amante de la docilidad-, no será nunca reconocido su genio femenino por el feminismo de la corte municipal, que cada San Juan hace arder una queimada para chamuscar de todo, menos el espíritu de autocomplacencia. Una lástima de discriminación con las rurales. Va por ellas.

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