El Maragall presidente no era el de antes. Despojado ya de su magia, tuvo que enfrentar una situación endiablada.

De pie ante el atril del Salón Torres García el president dice que no volverá a ser candidato. Tiene algo extraño que se utilice el Palau de la Generalitat para un anuncio estrictamente de partido, pero no vamos a detenernos en menudencias. Deshojó la margarita y salió que no. Es una decisión realista y sensata. Maragall lo tenía muy crudo desde el mismo instante que echó a ERC del Govern -o que ERC se echó- y tuvo que anticipar las elecciones.Acumulaba muchos y muy peligrosos enemigos en su casa y fuera de ella: Zapatero y el PSOE -que le pusieron la proa el verano pasado- y el poderoso aparato del PSC querían perderlo de vista.También influyentes empresarios, poderosos medios de comunicación y otros sectores de la sociedad civil. ERC e Iniciativa le habían retirado la confianza y lo consideraban un estorbo para futuros mejores. Los intelectuales españolistas que durante años le jalearon como mesías antinacionalista le habían vuelto la espalda mientras mascullaban improperios y le acusaban de ser peor que el mismísimo Lucifer Pujol. El PP, por su parte, le había convertido en excusa para su venenoso pim-pam-pum contra Zapatero, mientras CiU no dejaba de acometer, cada vez con más fuerza.

Sin embargo, nada de todo esto se habría producido, o casi nada, sin los errores, los inmensos errores cometidos. Algunos de ellos fueron debidos a la fragilidad estructural de un gobierno (re)partido en tres, con cada batallón forcejeando en beneficio propio. Otros muchos errores se debieron al poco tino con que el president ha manejado el timón. Afirmó Maragall en su alocución de despedida que ha cumplido los objetivos. Hay que tomarlo como una licencia poética. Nadie que ha cumplido sus objetivos (¿en dos años y medio?) hace mutis por el foro así. El balance es más bien catastrófico y se resume en el naufragio gubernamental -ha habido aciertos, pero el cúmulo de escándalos, desde Perpiñán a las cartas de Xavier Vendrell, pasando por el Carmel, el 3% o el Túnel de Bracons, es digno del Libro Guiness de los Récords- y en el fiasco de la propuesta sobre la España plural. Sí ha salido adelante el Estatut, cierto, pero gracias a un pacto (entre Zapatero y Artur Mas) en el que el nieto del poeta no tuvo arte ni parte.

Pese a todo, seguramente, y esa es su gran baza, la Historia rememorará a Maragall como el president del Estatut (amén de alcalde olímpico) y se olvidará de lo demás. Él lo sabe y tal vez por eso ha preferido entregarse y aprovechar la oportunidad para poner el colofón a su recorrido. Es posible que tampoco se acuerde la Historia de que cuando tomó el despacho presidencial Maragall ya no era el Maragall de antes: había perdido las elecciones primero ante el Pujol crepuscular y luego ante Mas. Y que se convirtió en presidente porque los independentistas de ERC creyeron que era lo que más les convenía. Llegó tarde y despojado de su magia. La lírica destellante y olímpica se había convertido en prosa sombría. El prisma prodigioso a través del cual se le calibraba antaño mutó en clisé peyorativo e incluso cruel. El relevo lo tomará Montilla, amo y señor del PSC. Él, con los republicanos, lo encumbró y él lo va a sustituir. Pasqual Maragall no se parece a José Montilla. Tampoco Jordi Pujol y Artur Mas tienen mucho que ver. Va a empezar una nueva era.

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