El cambio de panorama es desalentador. Hace tres meses, ETA era una banda en ruina, que tenía prisa por encontrar una salida, y la responsabilidad de Estado era dársela. Hoy, nos enfrentamos a un ruido mediático y social que dice que el necesitado de acuerdo es el Gobierno. Todo indica que el proceso de paz puede haber entrado en fase crítica, con signos inquietantes: pérdida de respaldo de opinión y percepción de un bloque terrorista fortalecido. ETA manda un mensaje "inaceptable", como dijo Josu Jon Imaz; pero es más clara que el Gobierno.
"Falta una semana para que Zapatero culmine la rendición de la democracia ante ETA". La frase no está sacada de un mitin exaltado. Fue el comienzo de un espacio de radio. El taxista que lo escuchaba no movió ni un músculo. "Estará acostumbrado", pensé. Después pude comprobar que hay bastante gente que ha dejado de creer que Zapatero tenga toda la iniciativa en la dirección del proceso. Es una percepción sacada de la calle, de conversaciones privadas y charletas de café. Es la llegada del pesimismo, que esta semana sustituyó al encantamiento colectivo vivido desde el alto el fuego.
Tal estado de opinión - perfectamente reversible, advierto- es fruto de los siguientes hechos: el comunicado de ETA; las noticias de que sigue la extorsión económica; el anuncio de que vuelve el terrorismo callejero; el testimonio de Txapote, al pregonar que ETA seguirá actuando; el discurso del Partido Popular - alarmista o realista, según quien lo juzgue-, que es creído y seguido por una parte importante de la población; la presión mediática, que denuncia contrasentidos y debilidades del Gobierno; y un cansancio indefinido de la sociedad, que ya reclama resultados.
Ante ello, sorprende la escasez de respuesta del Gobierno. Frente a tan abultado repertorio de impulsos negativos, el PSOE sólo dijo: importan los hechos, y los hechos son que ETA no ha vuelto a matar. Ahí se acaba todo, y la gente echa en falta algún testimonio de autoridad, que no existe ni para insistir en la condición que puso el Parlamento: la ausencia de violencia. El presidente, a su vez, inaugura un nuevo formato de su famoso "confiad en mí": apela al sosiego.
¿Cómo tener sosiego, si la banda con quien se quiere llegar a acuerdo sigue poniendo como condiciones la autodeterminación y Navarra e incita al Gobierno a ignorar la Constitución? Como Zapatero no es ningún insensato, hay que suponer que tiene datos que no han movido su optimismo. Como avisó que el proceso sería largo y duro, hay que pensar que entiende todo esto como el acompañamiento inevitable de los primeros pasos y no hay que alarmarse.
Pero, por una vez, no desprecien ustedes la tesis que el PP mantiene en privado: la autodeterminación será el Estatuto que suceda al plan Ibarretxe; Navarra se verá según el resultado de las urnas autonómicas, y la negociación política es reunirse con Batasuna. En ese caso, la distancia entre Zapatero y ETA no sería sideral. Sería tan liviana, aunque tan compleja como ésta: que ETA quiere esas metas como éxito político suyo, y Zapatero necesita que sean fruto del juego constitucional. Es decir, "primero la paz; después la política". Creo que vale como traducción.
Sin prisas
Lo que más ha sorprendido a los periodistas de León que compartieron mesa con Zapatero no fue su tranquilidad ante el panorama. Con eso ya contaban. La sorpresa fue ver que el presidente no tenía ninguna prisa por terminar la reunión. Les dedicó más de cuatro horas pausadas, relajadas, como si fueran las más felices de su mandato. Sin interrupciones. Conclusión: o Zapatero domina el tiempo, o ha conseguido una vida sin estrés.
Programa PP
Hace una semana les hablábamos de las instrucciones que tiene el PP: tener listo el programa electoral por si ZP adelanta las urnas. Aviso desde la Moncloa: no habrá adelanto. Pero el programa de Rajoy tiene clara su idea básica: reforma de la Constitución. ¿Líneas? Dos: una, el dictamen del Consejo de Estado. Otra: señalar y blindar las competencias del Estado. Y antes de nada: el recurso contra el Estatut. ¿Pensaban que estaba olvidado? ¡Qué va! Se está redactando.
Autoridades
Sólo un diputado no ministro tiene acceso a los aviones por la "sala de autoridades": Eduardo Zaplana. Antes había otro: Alfredo Pérez Rubalcaba. Al actual ministro del Interior le otorgaron ese privilegio porque los pasajeros le hacían la vida imposible en los aeropuertos. Y, para que no pareciese un trato de favor descarado al partido gobernante, se lo dieron también al portavoz del PP. Así, nadie protestó.

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