Al conocerse el resultado del referéndum, Pasqual Maragall proclamó que se había acabado el victimismo en Catalunya. Pero tres días después se va de la Generalitat con apesadumbrado aire de víctima, que enfatiza hasta el delirio un coro mediático. Y él y ellos señalan a los magnos verdugos del ajusticiado: Mas y Zapatero. Parece un chascarrillo, pero no sólo es así sino que únicamente se acepta a regañadientes que se ha cometido algún error, mientras se colma de elogios a Maragall y se colma él, cuando hasta los chinos - literalmente- saben que hace mutis por el foro obligado por su partido y las encuestas, con la puntilla del referéndum que ha movilizado con usura al votante socialista. Y esto después de una legislatura tan pródiga en distorsiones y desastres que ni ha aguantado dos años y medio. Un contrasentido total entre los hechos y su valoración.

Ante ello, La Vanguardia del martes daba un curioso artículo del agudo Fernando Ónega titulado: "Una decisión contra la lógica". Y es que no ha entendido nada de lo ocurrido por un sencillo desajuste: sabe de Catalunya lo que dicen muchos políticos y bastantes periodistas al dar versiones que no casan con los hechos. Aquí a menudo importa más el elemento implícito, el sobreentendido, la complicidad, que la realidad. Y esto en positivo si se trata de la izquierda, porque con el centro el mecanismo funciona en negativo, mientras la derecha es olvidada. Así, cuando Pujol se fue se había acabado la era de la ineficacia y del ridículo y empezaba la de los triunfos y la razón. ¿Quién recuerda hoy esto? Nadie. Pero otro artículo el mismo día en nuestro periódico, de Francesc-Marc Álvaro, aventura lo sucedido, copio un párrafo: "Hay cosas incurables. El maragallismo convirtió la superioridad moral de la izquierda en una forma poco práctica de observar al adversario: siempre verlo como un inferior". Aunque se impone una corrección: es "la pretendida superioridad moral".

A partir de ahí, ¿qué política fructífera se puede hacer o aquilatar? El mismo Carod, después de no dar ni una en toda la legislatura y coser a goles a su partido, considera que el mutis de Maragall "abre un escenario magnífico para que ERC recupere el liderazgo del catalanismo y el nacionalismo de izquierdas". ¡Y Maragall sale de la Moncloa afirmando que su relación con Zapatero es mejor que nunca! Si Ónega lee todo esto, va listo. Claro, este décalage entre hechos y palabras es el que ha desnortado a Maragall. Quien no es disparatado, como dicen, y en cada caso analiza con agudeza, pero el conjunto no encaja, pues su inteligencia va por un lado y la realidad por otro.