Escribo bajo la impresión que me produjeron las palabras de despedida del president Maragall. Habló con aplomo, intentando evitar ese punto de emoción que sin duda sentía, ofreciendo sus razones desde la hondura de sus convicciones, evitando cerrar puertas, significando su compromiso con el socialismo catalán y la catalanidad. Habló como un gran dirigente político y como una persona honorable. Puso de relieve su satisfacción por el logro de sus principales objetivos políticos y personales: conseguir la alternancia de gobierno, construir un proyecto de la izquierda catalana, impulsar la España plural, hacer del PSC el primer partido del país. Mientras el president exponía sus razones, en la sala en la que se reúne el Govern, un grupo de consellers y altos cargos le escuchábamos a través de la imagen del circuito interno de televisión. La atención era extrema. Escrutábamos cada palabra, cada gesto. La política tiene unas reglas de juego misteriosas. Complejas. A veces indescifrables. No suele ser directa. Es contenida.

Cada uno de sus argumentos motivaba el viejo zoótropo de mi memoria. En política domina el presentismo. Todo parece la consecuencia del ahora mismo, pero casi nada lo es. Maragall dice haber satisfecho sus objetivos políticos. Le creo solo a medias. Un político como Maragall nunca se da por satisfecho. La realidad es demasiado compleja y apasionante para desentenderse de ella. Sin embargo, sí estoy seguro de que el país que él deja como presidente es mucho más parecido al que había soñado que el que encontró hace solo tres años. Parecido, pero sin duda no igual al que había soñado. A su país le queda mucho camino por recorrer. Y él lo sabe. Mientras le escuchábamos recordé que en 1983, en su primer discurso como alcalde en el Col.legi de Periodistes de Catalunya lamentó la lentitud del Govern de aquellos años para acometer las grandes reformas que el país necesitaba. "Preveo --dijo-- que la fase constituyente de Catalunya, en su sentido más amplio, durará aún un par de años". Citaba, entre otras, la ley de bases del régimen local, la de ordenación territorial, la ley municipal. La fase constituyente no ha durado dos años, ha durado 25 y todavía no ha concluido. Maragall corría más que la realidad. Maragall soñaba, su entorno político se petrificaba. Ya en 1983 se lamentaba del hiperrealismo en política. "Nuestros sueños han ido a parar a la papelera del hiperrealismo", decía y se lamentaba del "unitarismo político dominante". Fue desde el principio un espíritu libre. En aquella conferencia del 29 de diciembre de 1983 hizo un llamamiento: "Llamo a los espíritus independientes de la ciudad a la revuelta pacífica, utilizando la pluma y la palabra. Defiendo el derecho de la ciudad a la diversidad y al pluralismo, el derecho al diálogo, a la dialéctica, frente al predominio de las adhesiones y los anatemas".

MARAGALL ha cambiado relativamente poco. En realidad todos solemos cambiar poco. Quizá ha perdido chispa, como ahora dicen sus críticos; pero ha sido un político avanzado e inconformista, quizá políticamente desordenado o algo ingenuo, puede que incluso demasiado travieso, pero siempre un par de metros por delante de los demás. El modelo de ciudad que soñaba en los 80 se convirtió en la base de su modelo de país --progreso, equilibrio territorial y justicia social--. La política ha sido para él la materialización democrática de los sueños compartidos; el espacio compartido con los políticos profesionales y los ciudadanos. Una idea de catalanidad abierta que no solo es esencia, sino que se construye cada día, ha sido la guía de fondo de su pensamiento. Una idea de España basada en la pluralidad, en la negación del uniformismo, ha sido siempre su referente. Hoy, pese a la crítica a la que ha sido sometido, su pensamiento sobre la sociedad, sobre Catalunya y sobre España tiene un más que razonable anclaje en el cuerpo social.

Maragall, como presidente, como alcalde, como constructor del actual partido socialista, ha jugado un papel esencial en la Catalunya de los últimos 25 años. Desde Barcelona hizo soñar a varias generaciones que era posible dar un salto de calidad en la cotidianeidad de nuestras ciudades, que era posible recuperar el tiempo perdido, incluso convertir la capital de Catalunya en un referente internacional. Frente al pujolismo, el maragallismo alimentó un imaginario colectivo capaz de establecer un modelo de catalanidad diferente. Y eso, solo a los unitaristas que ya denunciaba en los años 80 puede parecerles mal.

DESDE la Generalitat, Maragall ha puesto de relieve otra cosa no menos trascendente: la catalanidad debe y puede pesar en España. Estoy convencido de que las próximas generaciones de españoles disfrutarán de los beneficios de un Estado más plural, abierto y democrático gracias a Maragall. Incluso los voceros del apocalipsis disfrutarán de él. Estoy seguro de que Maragall seguirá activo en la política catalana. A su manera. Seguirá sorprendiendo con planteamientos libres y heterodoxos, a menudo incomprendidos, a veces inoportunos. Seguirá alentando la leyenda de un político inusual e imprevisible. Seguirá ofreciendo lo mejor de sí mismo por su país --por Catalunya--, por la España plural soñada y por el progreso de todos.

Maragall está a punto de cerrar una etapa importante de su vida política y personal. Estoy seguro de que los libros de historia anotarán sus dos grandes aportaciones: haber reinventado la ilusión de todo un país transformando profundamente su capital, y haber dejado a los catalanes un Estatut que constituye la herramienta más útil posible para que construyan un futuro mejor. Quizá no digan, sin embargo, que su otra aportación ha sido todavía más importante: ejercer de un modo distinto en el encorsetado mundo de la política su derecho a la libertad. En cualquier caso, todo indica que a Maragall le queda aún mucho por decir.

FERRAN Mascarell. Conseller de Cultura.