Esa parte más catalanista del PSC que representa Pascual Maragall -socialismo en la biografía, nacionalismo en los genes-, siempre sostuvo que éste no es un barón del PSOE sino el líder de un partido. Asociado al PSOE, cierto, pero con su propia organización y su lógica interna.

Bueno, pues sobre ese líder y sobre esa lógica se ha abierto paso la voluntad personal de Rodríguez Zapatero desde que, a principios de este año, decidió quitar de su camino al todavía presidente de la Generalitat. Ahora Moncloa ordena hacerle la ola y no escatimar elogios a su gestión. Flores para Maragall es la consigna. Pero son flores sobre su tumba. Tumba política, se entiende.

Después de verse durante dos horas y media en Moncloa, Maragall ha dicho que sus relaciones con Zapatero están mejor que nunca. Le debe haber crecido la nariz porque eso no es verdad. En lo personal y en lo político esas relaciones se quebraron el 21 de enero, cuando el presidente del Gobierno pactó por debajo de la mesa con Artur Mas “la reflotación de CiU como partido”.

La expresión es del propio Maragall, que siempre tuvo su particular lectura de aquel episodio. Nunca ha dejado de comentar que la intención de Zapatero y Mas no fue tanto la de consensuar el Estatut sino la de recomponer el tablero político. No solo el de Cataluña.

Un tablero donde el presidente del Gobierno emparentaba con quienes, a los ojos de la opinión pública –sobre todo a escala nacional-, se habían convertido en dos dirigentes extravagantes y reñidos con la prudencia política. Hasta entonces, Zapatero se había recostado en ERC como muleta parlamentaria en Madrid, pero el designio era recuperar la sintonía con el llamado nacionalismo moderado (CiU), aunque significase el sacrificio personal de Maragall, en cuya larga vida política siempre estuvo presente el mismo adversario: ese nacionalismo catalán representado antes por Pujol y luego por Artur Mas.

Lo demás ya se sabe. A espaldas de Maragall, Zapatero se entendió con el adversario natural del president. Era un golpe de mano en toda regla contra el consorcio PSC-ERC, reinante en Cataluña desde las últimas elecciones autonómicas. Pero sobre todo era el certificado de defunción política de Maragall. No era el indicado para gestionar la situación imaginada por Zapatero, con un centro habitado por socialistas y nacionalistas moderados.

En esa situación no encajan en absoluto las apuestas de Maragall por una reedición del tripartito en las elecciones del próximo mes de octubre que, en todo caso, si la matemática electoral no dejara otra salida, el candidato del PSC será ese ministro de Zapatero en el que ustedes están pensando.