Cómo nos gustan las despedidas, los adioses, la pompa funeraria, las coronas de flores. Nos tira el género elegiaco, cantar lo que perdemos. "Y ahora... ¿qué nos quedará?", plañe una señora que llama a Antoni Bassas en Catalunya Ràdio. Escucho la radio camino del Palau de la Generalitat. "Maragall es un actor político importante: ¡no merece tanto desprecio!", clama otro oyente. "¡Que se plante!", otra. "¡Que funde un partido propio!", otro. "Montilla no tiene carisma", otra. "Montilla no cree en la nación catalana", otro... Y, a rey muerto, rey puesto: "Tura sería mejor", o "Para trempera, ¡la Chacón!"
Accedo a la sala Torres Garcia, donde se agolpan catorce cámaras de televisión y un centenar largo de periodistas, expectantes ante una tarima forrada de negro negrísimo, con un atril igual de fúnebre: ¡un verdadero catafalco...! Lo temporal no és més que un símbol,se lee en uno de los frescos, junto a una puerta. Justo por esa puerta aparecerá Maragall.
Mientras se le espera, los periodistas forman corros, especulan (la política tiene su salsa rosa de cotilleos y tertulias, faltaría más): "Otro día histórico: ¡es que no doy abasto!", "¿Qué parcela de poder le quedará a Maragall?", "¿Las elecciones, cuándo?", "Maragall, ¿llorará o no?"
Y aparece Maragall por esa puerta y gana el atril en dos veloces gestos: un vistazo a su reloj de muñeca y un roce al nudo de la corbata. Lleva abrochados todos los botones de la americana, todos, como si fuese un escudo. Y habla: "He cumplido todos mis compromisos", "he hecho lo que quería".
No llora. Pero sí piensa en los que ahora lloran: "Gracias a tantos compañeros decepcionados, no les había dicho nada...". Un amigo me confía que Maragall se ha retirado de la batalla para evitarles más angustias a sus íntimos... Él es un político curtido: le veo controlar el tono del adiós, sin que se le desembride emoción alguna.
Le pregunto a Pedro Madueño si en su teleobjetivo ha visto algún desfallecimiento: "No. Lo tiene asumido". Yme cuenta que fotografiándole hace seis días en el Pati dels Tarongers para la entrevista en estas páginas, Maragall le pidió algo: "Me haría ilusión una foto junto al busto de Prat de la Riba...". Como en una despedida.
Acaba y sale de la sala. No ha habido sollozo ni nudo en la garganta. Pero, a sólo dos pasos de la puerta, algunos periodistas le aplauden. Aquí Maragall, que salía con la vista en el suelo, frena el paso, levanta la cabeza, nos mira. Y en esa mirada fugaz sí he visto una emoción: honda gratitud.

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