Cuando conocí a Pasqual Maragall, este había alcanzado ya su primera gran victoria. Había pilotado con pericia y buen estilo la preparación y el desarrollo de los Juegos Olímpicos, al frente de un cohesionado equipo de alta calidad elegido por él con tino y visión larga. El éxito enorme de los Juegos de Barcelona hizo llegar el nombre de la capital catalana a todos los rincones del mundo. Pero debajo de este triunfo ostensible se esconde otro, aparentemente menos brillante, aunque de no menor importancia: la alta ejemplaridad de toda la gestión económica y administrativa de los Juegos, desarrollada en todo momento con el esmero que debe presidir siempre el cuidado de los intereses públicos, así como con una pulcritud y una transparencia nunca puestas luego en entredicho.
Fue entonces cuando le conocí personalmente, en el marco de las cenas periódicas que el núcleo germinal de Ciutadans pel Canvi organizaba en un pequeño restaurante próximo a la Ronda del General Mitre. Maragall solía llegar tarde, a veces muy tarde. En ocasiones acababa de regresar de algún viaje, y casi siempre llevaba en las manos un libro --escrito habitualmente por un arquitecto o un sociólogo-- sobre un tema de escaso interés general, cuya lectura aconsejaba vivamente en medio de la atención un tanto perpleja de los asistentes. Intervenía muy poco en la conversación. Escuchaba con los ojos medio cerrados. Hacía algunas observaciones desvaídamente irónicas y, de repente, se desvanecía. Y así hasta la siguiente vez.
Pasados unos años dejó voluntariamente la alcaldía y marchó a Roma, de donde regresó con un doble designio: ser presidente de la Generalitat y sacar adelante un nuevo Estatut. Lograda la presidencia al segundo intento y de forma no cómoda, se empecinó en la reforma estatutaria, con el objetivo de mejorar el autogobierno de Catalunya y su financiación. Su tenacidad de "gota malaya" --Felipe González dixit-- puso en marcha el proceso, tras catequizar a José Luis Rodríguez Zapatero. Un proceso que sin él no se habría iniciado y que, en su pensamiento, debía estar vertebrado por una doble idea:
Primera. La concepción de "Catalunya como ágora y no como templo", según la fórmula bellísima perfilada por Antoni Puigverd, similar a la que en 1907 acuñó Gabriel Alomar al contraponer Catalunya mare nostra a Catalunya obra nostra, es decir, la Catalunya intangible legada por la historia a la Catalunya fruto del trabajo de todos los catalanes sin excepción.
Segunda. La consideración de España, no como una realidad extraña con la que se puede y debe mantener una relación educada, sino como una realidad propia en la que se tiene que participar.
SIN DESDECIRME de mis discrepancias respecto del resultado del proceso estatutario y pese a reiterar que la bilateralidad con vocación confederal que el Estatut proclama puede --aunque sea embrionaria-- desestabilizar el Estado, si es copiada por las otras comunidades, reconozco que --desde una perspectiva catalanista-- este Estatut constituye el texto jurídico-político más importante de la historia de Catalunya desde los Decretos de Nueva Planta, no solo por las mejoras que introduce en materia de competencias y financiación, sino, sobre todo, por los principios que proclama en su título preliminar. Son tantas las posibilidades que ofrece, que habrá de pensárselo dos veces el político catalán que reclame en un futuro inmediato su reforma, antes de haber agotado sus virtualidades. No vaya a ocurrirle como a aquel fogoso ciudadano ávido de experiencias extraconyugales que hubo de escuchar, avergonzado, có-
mo alguien le recriminaba su conducta: "¿Què busques a fora, si no t'acabes el que tens a casa?"
La tercera victoria de Maragall es de ayer, cuando con inteligencia y generosidad notorias anunció que no volverá a presentarse como candidato a la presidencia de la Generalitat. Inteligencia, porque ha sabido captar que su ciclo político posiblemente ha concluido, así como que las circunstancias en las que se desenvolverá la acción política inmediata no son las más adecuadas a sus capacidades y a su estilo de hacer política. Y generosidad, porque siempre cuesta abandonar el poder, pero, sobre todo, porque al hacerlo se consumará --con su relevo en la candidatura presidencial del PSC-- la plena integración en la política catalana de quienes Francisco Candel definió hace muchos años, para siempre, como "els altres catalans". No hace falta insistir en la importancia enorme que tiene este hecho para la continuidad misma de Catalunya como nación. Es obvia.
RECUERDO, a este respecto, la impresión que me produjo --en mi juventud-- el libro de Josep Benet Maragall davant la Setmana Tràgica, al revelar la voluntad de comprensión y asimilación mostrada por Joan Maragall en los tres artículos que escribió inmediatamente después de los sucesos tremendos de aquellos días, en especial L'església cremada y La ciutat del perdó. En esta misma honrada tradición se ha inscrito, muchos años después, el quehacer político de su nieto, que ha sumado su esfuerzo a la tarea iniciada por el PSUC en su día y continuada luego por el PSC. Una tradición que encuentra su último fundamento en el respeto profundo a la libertad. Ramon Trias Fargas lo dejó claro al escribir: "Catalunya ha sobrevivido porque ha unido su causa a la causa eterna de la libertad. Y porque hemos sabido defender la libertad e identificarnos con ella, con sacrificios enormes, aún existimos y formamos parte --modesta pero dignamente-- del concierto de las naciones". Pasqual Maragall ha contribuido decisivamente a que esto siga siendo cierto.
JUAN-JOSÉ López Burniol. Notario.

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