EL mendigo de la esquina de mi casa, que tiene cada vez mejor aspecto, ya no me acepta la ropa usada. «No me ofendas, tío, ahora visto de marca». Me ha contado cómo él y sus colegas han descubierto el modo de aprovechar los excedentes del bienestar global; tienen localizados los contenedores en los que algunos supermercados y cadenas de moda se desprenden periódicamente de las prendas defectuosas y de los comestibles caducados. «Este país está progresando mucho», me dice con una mueca socarrona.

Me he alejado pensando si el tetrabrik de tinto caducado con el que desayuna estaría un poco más pasado de lo aconsejable, pero al ojear el diario me sobresalta la noticia de que España está ya en el «top ten» de los países con más millonarios, caminando a grandes trancos por la senda de esa abundancia que conduce a dejar que caduquen los alimentos en las estanterías del súper. Según el informe de Merryl Linch, consultora especializada en escrutar los bolsillos mejor aprovisionados del planeta, hay entre nosotros 148.600 ciudadanos, la población de una capital mediana de provincia, con unos activos superiores al millón de dólares. O sea, que esta mañana, por la calle, cuando íbamos a Hacienda a entregar la declaración, usted y yo nos hemos cruzado con dos o tres millonarios, al volante de cualquier todoterreno y pellizcándose la nariz en los semáforos. Capitalismo popular, le dicen.

Uno tenía por ricos a gente como Emilio Botín, que en vez de coches colecciona bancos, o Esther Koplowitz, que tiene un par de goyas en la sala de estar, o ese pocero que se ha comprado un puerto en Mallorca para que le quepa el yate en el que suben extraños compañeros de viaje. Pero ésos son, en la taxonomía plutocrática, «ultramillonarios», y de ésos hay por aquí 1.500; esa clase de tipos que nunca mira el precio de la carta de los restaurantes porque se pueden comprar el restaurante entero. Los otros 147.100 son simplemente ricos, ricos anónimos y emergentes, ricos sobrevenidos y discretos que han amasado fortunitas al compás de la bonanza del ladrillo, de las subvenciones europeas y de las olas favorables de la Bolsa.

Qué razón tenía Solchaga cuando dijo aquello de que éste era el país en que uno podía hacerse rico en menos tiempo... y con menos esfuerzo. En este antiguo solar pobre y atrasado ahora atamos los perros con longanizas, como en una Jauja despreocupada y feliz, de consumo frenético y rentas saneadas que Zapatero utiliza como anestesia social para su cirugía rupturista. La paradoja consiste en que ese colchón de confort y riqueza se infló durante los años prósperos de un Aznar al que sus beneficiarios mandaron a paseo cuando creyeron que las bombas de «los moritos de Lavapiés» comprometían el disfrute del bienestar acumulado. La vida.

Al volver a casa, con el impreso del IRPF crepitándome en las manos, me he encontrado de nuevo al mendigo manchando de tintorro una sudadera de Zara. Le he dejado el periódico abierto por la página del informe Merryl Linch, y el tipo me ha guiñado con picardía y ha envuelto con las hojas, sin leerlas, una bandeja de pollo caducado.