Terminó ayer el pujolismo. Definitivamente. Se quemaron los últimos flecos de una larga época que hunde sus raíces en el antifranquismo, en la Assemblea de Catalunya, en los alegres muchachos de Virtèlia. No me he equivocado al escribirlo. Es el pujolismo y no el maragallismo lo que liquidó y enterró ayer Pasqual Maragall. Porque el maragallismo se había acabado mucho antes, como ustedes saben. Aquel sueño de diseño modelado por los jóvenes burgueses catalanes del 68 se disolvió tras las elecciones catalanas de 1999, las únicas que Maragall se planteó realmente con ganas. Entonces era el momento de vencer a su contrincante de siempre, el eterno inquilino del otro lado de la plaza Sant Jaume. El lema era El canvi,Maragall escondió al PSC, impuso sus reglas, creó su club de amigos y se lo montó al estilo americano. Fue el canto del cisne del maragallismo que buscaba ampliarse allende la metrópolis. El fracaso del ex alcalde en el empeño de derribar a Jordi Pujol fue la sentencia de muerte del maragallismo.
Lo que vino después ya no tenía glamour. Cuatro años de oposición renqueante en el Parlament quitaron brillo al líder olímpico. No pocos de sus antiguos cortesanos empezaron a verle todos los defectos y dejaron de reírle las gracias. En la calle Nicaragua, decidieron que ellos mandaban de verdad y que ya no había margen para experimentos. Para acabar el cuadro, el nieto del poeta ya no podría batirse nunca más en las urnas con el antiguo banquero, siempre despreciado por los que habían idolatrado al Che y ahora bailaban al ritmo de Los Manolos. La operación sucesoria en CiU le obligó a tener delante a un rival más joven al que conocía de su etapa municipal y al que menospreció con tanta persistencia como miopía. Hay cosas incurables. El maragallismo convirtió la superioridad moral de la izquierda en una forma poco práctica de observar al adversario: siempre verlo como un inferior.
La noche del 16 de noviembre del 2003, Maragall pensó en dimitir. No había conseguido vencer a Artur Mas y el futuro era sombrío. No se veía otros cuatro años en los bancos de la oposición. Los buenos oficios de Montilla evitaron que tirara la toalla. Luego, nació el tripartito, una forma de alcanzar la presidencia por la puerta de atrás. De esta forma, no pudo actuar nunca como auténtico jefe de gobierno. Ironías: el mismo personaje que negoció con los republicanos la investidura presidencial será ahora el recambio como cabeza de lista. Montilla le salvó y Montilla le invita a jubilarse.
El tripartito se fraguó cuando el maragallismo ya era sólo un espejismo, un rescoldo, una figura de Lladró. Apenas la imagen de Margarita Obiols tronchándose de risa en Israel cuando el president fotografía a Carod-Rovira con la corona de espinas en la cabeza. Apenas una larga velada en la casa de Rupià con el proteico Rubert de Ventós y el conseller Bargalló, el último maragallista sobre la Tierra. Apenas una performance de exquisitos de los que piensan que el único lema que seguir es Todo para el pueblo pero sin el pueblo.Ese estado de ánimo que convirtió a Barcelona 92 en el centro del mundo se ha ido esfumando. No pocos se han sentido decepcionados con Pasqual (así le llaman). Saben que la culpa de todo no es de ERC, aunque lo repitan para disimular. Los más enojados de sus antiguos partidarios han acabado en negocios de tanto colorido como el partido Ciutadans de Catalunya. Otros han ido a la abstención. Y no faltan quienes, antes que prodigar elogios a Montilla, no dudan en alabar a Mas.
Maragall consiguió ser hombre de consenso con los Juegos Olímpicos y ha sido hombre de disenso con el Estatut. Maragall llegó a la alcaldía barcelonesa de la mano de Narcís Serra y ha sido president gracias a la llave sin cerradura de Carod-Rovira. Maragall abandonó el Ayuntamiento con un golpe de efecto y abandona la Generalitat porque no hay más remedio. Todos los problemas del último Maragall provienen de un solo error estratégico: no haberse conformado con pasar a la historia como el mejor alcalde de Barcelona. Le sabía a poco. Bajo los cielos de Roma pudo haber paladeado la gloria, pero decidió inventarse una segunda vida política como alcalde de Catalunya. La prórroga resultó fatal. Ni a los dioses se les permite ir dos veces a la luna.
El maragallismo, que fue la cara B del pujolismo, soñó siempre con Camelot. Pero una vez dentro, la magia desapareció y ni Ernest Maragall pudo evitar la tristeza.

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