La Coctelera

Caffè Reggio

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21 Junio 2006

Los futbolistas pueden ser útiles también fuera de la cancha, de Timothy Garton Ash en Clarín

En los suburbios de París, tras los disturbios por la muerte de dos inmigrantes, las cosas no mejoraron. Sus habitantes piden respeto y representación, rasgos que quizá alguien como el futbolista Zidane podría impulsar.

Dos domingos atrás vi jugar al fútbol a los franceses. Era un partido mucho más importante para el futuro de Francia que la Copa del Mundo. Se celebró en un maltrecho estadio de Clichy-sous-Bois, la pequeña ciudad situada al nordeste de París en la que, el otoño pasado, comenzó el estallido de ira nacional después de que dos jóvenes, Bouna y Zied, resultaran electrocutados mientras se escondían de la Policía en una subestación eléctrica.

Ahora me encontraba allí, apoyado en la valla, con el hermano mayor de Bouna, que, como tantos otros, llevaba una camiseta que decía "Bouna y Zied... muertos para nada". Mientras contemplábamos a dos equipos de comunidades de inmigrantes jugar un partido más bien desganado en un terreno lleno de baches, me contó una historia que luego volví a oír varias veces durante los tres días que pasé visitando los tristemente famosos edificios de apartamentos de Clichy-sous-Bois y Montfermeil.

No había cambiado nada, me dijo, en los más de seis meses transcurridos desde aquella hoguera nacional de automóviles que los remotos habitantes de los barrios elegantes de París llaman les émeutes, los disturbios, pero que en las barriadas llaman les événements, en recuerdo de "los acontecimientos" de mayo de 1968, o simplemente, la révolte.

Pocos días atrás, cuando resurgieron las protestas en Montfermeil, la Policía volvió a aparecer con toda su fuerza, a sobrevolar en helicópteros y pasearse en sus furgonetas negras. Pero, aparte de esos momentos, suelen dejar que los habitantes de las barriadas se cuezan en su propio caldo: apiñados en edificios de apartamentos abarrotados, en franco deterioro, cubiertos de pintadas; la mitad de ellos, desempleados y viviendo gracias a las limosnas del Estado; sin nada que hacer en todo el día salvo ver la televisión, dar patadas a una pelota en el patio o dedicarse a las drogas; aislados por la falta de transporte público y la pobreza. Y luego insultados por el ministro del Interior y aspirante de la derecha a la presidencia, Nicolas Sarkozy, que, cuando un residente de Montfermeil le interpeló durante su reciente visita a una ciudad vecina, le respondió con un tuteo despreciativo.

"Sobre todo, respeto", dijo una mujer de origen argelino, cuando le pregunté qué era lo más necesario para mejorar su situación. "Sobre todo, respeto". "Vivimos en Francia", explicaba Zoulikka Jerroudi, una activista en la comunidad que vino a Francia desde Marruecos cuando tenía nueve meses, "pero no nos tratan como a auténticos franceses". "Zidane es francés", decía del héroe futbolístico francés de origen argelino un asistente social llama do Mehdi, "pero, si se dedicara a quemar coches, dejaría rápidamente de serlo".

Lo único que le piden a la República Francesa es que practique lo que predica: la igualdad de todos los ciudadanos franceses, al margen de razas y religiones. Tras les événements, un grupo de activistas locales en Clichy-sous-Bois creó una asociación con las siglas ACLEFEU, que, al pronunciarlas en francés, suenan como "basta ya de fuego". Las letras LEF proceden de liberté, égalité, fraternité. Sin embargo, incluso cuando alguien de estas comunidades logra tener una educación razonable —y en este aspecto, el Estado francés sí está claramente tratando de mejorar: las escuelas en Clichy-sous-Bois están bien dotadas y, por lo visto, no son nada malas—, lo más probable es que le rechacen su solicitud de trabajo al ver dónde vive y que tiene un nombre "extranjero".

Si, por un milagro, consigue llegar a la entrevista, el puesto de trabajo desaparece misteriosamente en cuanto el entrevistador ve el color de su piel. Si lo que ocurre en el mercado francés de trabajo desde hace 20 años no es racismo, que me lo expliquen. Y todo eso, sin olvidarse de que en el colegio los empapan de los nobles ideales de igualitarismo republicano. "Es un país hipócrita", me dijo Oussine, que ha estudiado para ser contable pero no consigue encontrar trabajo.

Mientras tanto, carecen casi por completo de representación en la vida pública francesa. Hace poco se recibió como un gran éxito el nombramiento de un hombre negro para presentar un informativo de televisión en horario central, pero, en varios días de pasar constantemente de un canal a otro, no he visto más que caras blancas frente a la cámara. En política también son casi todos blancos.

El terreno de fútbol es el único lugar en el que está representada —incluso con exceso— la Francia real de múltiples etnias, culturas y colores. Cuando la selección ganó el Mundial de 1998 con una selección llena de colorido y el talento de Zinedine "Zizou" Zidane, hubo una oleada de entusiasmo por los nuevos colores nacionales: no bleu-blanc-rouge, como en la bandera tricolor, sino black-blanc-beur, es decir, más o menos, "negro, blanco y marrón" (beur es la palabra francesa que designa a las personas de origen norteafricano y black, en inglés, es lo que se utiliza ahora en Francia en lugar de noir).

"Es demasiado tarde", me dijeron varias personas entre las viviendas medio en ruinas. Se ha perdido una generación. La desesperación se ha transformado en furia. Cualquier pequeña chispa puede producir una explosión.

Para mi sorpresa, la conclusión que he sacado yo es que no es demasiado tarde. Las personas con las que hablé no habían abandonado la esperanza y me explicaron de forma clara lo que se necesita. Evidentemente eran, por así decir, la elite de los guetos; no me entrevisté con los que viven, desesperados, sin poder salir de sus casas, ni hablé con criminales, traficantes de drogas o extremistas islámicos. Pero mis interlocutores eran personas nacidas allí y que allí viven, y me encontré con algo muy distinto a lo que podían sugerir las noticias de la prensa y la televisión.

Algunas de sus demandas serán difíciles de satisfacer: la economía francesa, extremadamente rígida, no puede crear tantos puestos de trabajo a corto plazo, y no parece probable que el Estado francés vaya a poder reasignar todos los recursos necesarios para transformar unos rascacielos deteriorados (el sueño de Le Corbusier convertido en pesadilla) en viviendas decentes para seres humanos. Pero sí es posible hacer algunas cosas.

Pregunté a un grupo de mujeres que viven en el peor complejo de Montfermeil qué pensaban sobre la polémica sugerencia que ha hecho la aspirante socialista a la presidencia, Ségolène Royal, de que los jóvenes delincuentes cumplan un servicio nacional bajo supervisión militar. "¡Tiene toda la razón!", respondieron. Y, más asombroso todavía, unos voluntarios de entre 15 y 17 años del instituto más cercano dijeron que también ellos estaban de acuerdo. Luego añadieron que les gustaría tener una Policía local de a pie para sustituir a los que llegan de lejos, con sus camiones blindados, dispuestos a insultarlos y darles palizas.

Pero lo que más desean, sobre todo, son lo que podríamos llamar las tres R: Respeto, Reconocimiento y Representación. Para ello será necesario contar con políticas de discriminación positiva que compensen la discriminación negativa aparentemente generalizada en la sociedad francesa. Y harán falta personajes que sirvan de modelo para cambiar la actitud de esa sociedad.

Hay un hombre más capacitado que ningún otro para encabezar ese cambio, cuando se retire de los terrenos de juego: Zinedine "Zizou" Zidane, el héroe de todo París, de los barrios más ricos y blancos y de las barriadas más pobres y morenas. Los políticos han decepcionado a Francia; ha llegado la hora de los futbolistas. Hay que decir adiós a la vieja Francia de Dominique de Villepin. Bienvenida la nueva Francia de Zizou Zidane.

Copyright Clarín y Timothy Garton Ash, 2006.
http://www.clarin.com/diario/2006/06/21/opinion/o-02301.htm
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