El acuerdo alcanzado por el PS(O)E con el PP para designar a las personas que ocuparán los cargos de máxima responsabilidad en la futura Procuradoría General de Asturias, a espaldas de su actual socio de Gobierno, enturbia de nuevo las aguas del estanque autonómico. Ante esta demostración de deslealtad política, Izquierda Unida ha abierto su caja de los truenos. Uno de los dos únicos consejeros --el de Justicia-- que, en representación de IU, se sientan en el Gobierno del Principado ha dicho que "la FSA es una rémora para la regeneración democrática en Asturias". Le respondió don Fernando Lastra, portavoz del PS(O)E en la Junta General, experto en el manejo de la artillería pesada, advirtiéndole de que no le tolerarán "que se erija en el árbitro moral de la política asturiana". Sin embargo, el trueno del señor García Valledor no ha sido tan gratuito como se pretende. Si tenemos en cuenta que el reparto de los principales cargos de la Procuradoría General fue ajustado durante uno de los recesos de los las sesiones senatoriales, en Madrid, alrededor de sendas tazas de humeante café con leche, entre don Javier Fernández (secretario general de la FSA) y don Ovidio Sánchez (presidente del PP en Asturias). El señor G. Valledor se limitó a constatar un hecho real y muy frecuente en esta joven democracia española: los partidos han pasado de ser unos aparatos externos al poder institucional, a convertirse en los árbitros del poder político en la sociedad. Es decir, a la nueva democracia española la han degenerado hasta dejarla convertida en una partitocracia ; en la cual, las instituciones de Gobierno del Estado --mejor dicho: de la nación-- han sido vaciados de su poder tradicional.

Cuando se maquinó la reforma del franquismo, que, como se recordará, pasó a la Historia Sagrada de España con el nombre de transición , no se tuvo en cuenta que al aceptar el pluripartidismo --como una de las principales señas diferenciadoras entre el nuevo régimen y el anterior --era necesario adjudicarles a los partidos unos espacios políticos determinados para que pudieran desarrollar en ellos sus funciones naturales y específicas para evitar que invadieran la jurisdicción de las instituciones clásicas. Prefirieron continuar como hasta entonces: considerando que un partido es la mejor garantía para el buen funcionamiento de las instituciones de gobierno democráticas. O sea, que el espíritu de la democracia orgánica --una de las reliquias que recuerdan el genio político de don Benito Mussolini-- continúa estando vigente en el ánimo de la clase política que nos tutela...

Si reflexionáramos sobre esta realidad --como le recomienda el señor Alvarez Areces que reflexione antes de hablar a su socio García Valledor--, nos daríamos cuenta de que el vapuleado consejero de IU no ha dicho una barbaridad, puesto que es evidente cómo el poder del partido mayoritario somete a sus decisiones la actuación institucional de Gobierno autonómico. La simple constatación de un hecho real no presupone, obligatoriamente que, quien la constata, aspira a ser el árbitro de la moral democrática. Como recurso retórico sólo sirve para el lucimiento del tribuno de turno.

No se puede ocultar que este Gobierno de coalición es muy desigual en su composición orgánica. Sobre todo, muy poco sólido. Lo cual es lógico que así ocurra, puesto que el pacto sellado entre ambos partidos ha sido inspirado por los intereses de cada grupo; generalmente, muy poco o nada afines. Es, por lo tanto, un pacto coyuntural, que durará el tiempo que le interese mantenerlo vigente a la FSA, que es la fuerza política determinante de las actuaciones del Gobierno de Asturias. No creo que en un arrebato de dignidad política , Izquierda Unida decida romperlo unilateralmente; entre otras cosas, porque con ese acuerdo la minoritaria IU ha conseguido elevarse a la categoría de partido cogobernante ... Aunque esto sólo ocurre en el plan teórico. No conviene olvidar que el pacto ha sido ajustado entre dos fuerzas muy desiguales: por un lado, está la minoría moderadamente comunista (IU) y, por el otro, la abrumadora mayoría neoburguesa y neoliberal que, sin disimulos, encarna el Partido Socialista (Obrero) Español. Es posible que al final de todo este embrollo, el señor García Valledor acabe convertido en el chivo expiatorio de la ruptura, y pase a la historia como un vanidoso personaje que, por su afán de protagonismo personal, precipitó el ocaso de un milagroso pacto de las izquierdas asturianas, como jamás se había visto otro semejante. A mí me cuesta mucho creer que la locuacidad del señor G. Valledor sea un pretexto justificado para provocar el divorcio de este breve matrimonio de conveniencia... La causa real es otra, pero nadie osará desvelarla. Quizá, porque se podría pensar que en este barullo hay más de un Valledor. De lo que tampoco cabe duda es de que nos quedaremos con las ganas de saber quién pagó los cafés que consumieron los dos conspicuos dirigentes que decidieron repartirse las dos únicas canojías de la Procuradoría General de Asturias.

Lorenzo Cordero. Periodista.