Las discusiones políticas centradas en la interpretación de datos numéricos son tediosas. En teoría, rezuman objetividad, pero en la práctica son campo abonado a la especulación más estéril. Lo vemos estos días en los debates sobre el índice de abstención en el referéndum. Las cifras también dependen de quién las cuente. Y de cómo las cuente. Hay quien suma votos no y no votos, otros que añaden los votos en blanco al puchero e incluso quien recupera los nulos. Son maneras de sumar. En cambio, pasan los años y las elecciones, y ningún ministro de Economía muestra el más mínimo interés por hacer una simple resta que permitiría conocer las cifras de la balanza fiscal catalana. ¿Tan escandaloso es el resultado de esa simple sustracción?
Cuando no hay números a los que aferrarse, los políticos suelen recorrer a las figuras retóricas. De repente, sus discursos se llenan de analogías más o menos poéticas. Aparecen trenes con vagones y velocidades distintas, cestas de la compra, barcos, pajares, automóviles, madres e hijos, maridos y mujeres, abuelos y nietas. Gracias al notable quehacer de algunos columnistas, el catálogo de metáforas disponibles es notable, pero la altísima demanda obliga a una renovación constante de géneros y no siempre resulta fácil dar con una eficaz.
El jueves pasado el diario El País publicaba un artículo de Felipe González que llevaba por título "Política sin ruleta". El ex presidente del Gobierno español desgranaba sus argumentos para dar el sí al Estatut (y a los otros estatutos que vendrán) a la par que intentaba explicarse a qué obedecía la virulencia incesante en el discurso del PP contra todo y contra todos, que ahora le lleva a presentar su anunciado recurso de inconstitucionalidad contra el Estatut. Para llegar a la conclusión de su análisis González se apoyaba en una metáfora tan hipnótica como el juego de la ruleta. Comoquiera que los juegos de azar no figuran en la lista de lo políticamente correcto, el ex presidente utilizaba la clásica estrategia del amigo. Ésta es la parrafada: "Trato de buscar una explicación para este disparate y no la encuentro, salvo que tuviera razón un amigo que conoce bien el juego de la ruleta y a los dirigentes del PP. Mira, me explicaba, creen que las elecciones próximas son su última oportunidad y las ven muy mal. Por eso, como los jugadores de ruleta que se sienten perdedores, lo apuestan todo al 13, impar y rojo.
Si ganan se quedan con la banca. Si pierden consuman su ruina política, que pueden dar por hecha en estas circunstancias. ¿Será posible?". Pues no, señor González. No sólo no será posible, sino que es imposible. En el juego de la ruleta el número 13 es impar, sí, amén de falta, pero negro. 13, negro, impar y falta. El 13 rojo no existe.
Que un político fundamente sus conclusiones en una premisa equivocada no es ninguna novedad. Aunque tampoco lo sería que cualquier analista sobreinterpretara las palabras del político hasta transformar un simple lapsus en mensaje para navegantes. Desde esta forzada perspectiva, escribir como hace González que el PP lo apuesta todo al 13, impar y rojo sería equivalente a anunciar la constitución de la mesa de negociación para el proceso de paz vasco, pero convocarla el 30 de febrero.

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