ANÁLISIS
Felicidades por el resultado del referéndum!", decía uno de los correos electrónicos recibidos ayer en la redacción de La Vanguardia en Madrid. Firmado por un diplomático de un país balcánico, expresaba la amabilidad de una persona muy interesada por la complejidad hispánica y por el papel de Barcelona en el puzzle. Una persona mesurada, como todo buen diplomático. Tan prudente que éste fue uno de sus comentarios en el último almuerzo compartido: "Tienen ustedes un país espléndido, con un desarrollo económico que nosotros todavía no podemos ni siquiera soñar. No lo estropeen. Ustedes, se lo aseguro, no tienen nada de balcánicos, aunque en algunas emisoras de radio oigo decir cosas más fuertes que las que nos dijimos nosotros antes de que Yugoslavia estallase. No jueguen con fuego".
Puesto al lado de las crónicas publicadas ayer por la mayoría de los grandes diarios europeos, el mensaje de K. encaja: hay una curiosidad expectante en Europa ante los cambios españoles; una curiosidad no tremendista, por ahora, aunque en algunos despachos del Quai d´Orsai (Ministerio de Asuntos Exteriores francés) es posible que algún enarca se esté tentando la ropa.
En algunas radios españolas, efectivamente, se siguen diciendo cosas que harían palidecer de envidia a los redactores jefes de Politika, el diario que más contribuyó a la excitación de los deudos del mariscal Tito. "Veremos correr sangre por el Llobregat", sentenciaba ayer el radiofonista Losantos desde los micrófonos de la emisora eclesiástica, horas antes de que se reúna en Madrid la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal con el objeto de reflexionar sobre la unidad de España y repasar los pormenores de la inminente visita del Papa Benedicto XVI.
El argumento balcánico vuelve con fuerza, meses después de que José María Aznar lanzase en octubre la metáfora al ruedo. En el diario La Razón,el señor Gabriel Albiac, que de joven fue docto en filosofía marxista, auguraba ayer masacres: "Anoche entramos en los Balcanes. ¡Bienvenidos! Nadie que se adentre en el laberinto puede albergar mucha esperanza de salir indemne". En el mismo diario, el señor Alejandro Muñoz-Alonso pronosticaba el derrumbe de una Europa corroída por sus tribus. La culpa - sostiene Muñoz-Alonso- la tiene el presidente norteamericano Woodrow Wilson que en 1919 "sembró imprudentemente el virus del impreciso y equívoco principio - que no derecho- de autodeterminación".
Son lecturas interesantes, pero conviene acometerlas con el estómago lleno; con el centro de gravedad bien asentado, porque la primera impresión - siempre hay una primera impresión, fuerte y rotunda, cuando se leen según qué cosas en los papeles de Madrid- es que toda esta nueva literatura gótica se mueve entre la convicción y la farsa. Entre una idea furiosa y angustiada de la realidad circundante y la impostura profesional y bien remunerada.
España es hoy un conjunto de esferas prácticamente incomunicadas entre sí, en cuyo interior hay profesionales muy bien pagados para hinchar el globo. Mientras las grandes unidades nacionales europeas padecen estrés, España ha mutado en un juego de esferas, lo cual puede ser una ingeniería inteligente y posmoderna; o convertirse en eso que los catalanes llamamos un joc d´ous.Un desbarajuste. La literatura gótica es de esta segunda opinión. Los góticos lo ven todo negro. "No debería importarme demasiado que este jodido mundo se vaya, de una vez, a hacer puñetas. Acaba nuestro mundo. No sabemos qué viene", escribía recientemente Albiac con prosa doliente y nostálgica de los años setenta. Triunfa en los diarios, no sólo en Madrid, una retórica de la indignación. Una prosa en la que no queda del todo claro si lo que se acaba es el mundo o una generación.
En el oficio de tinieblas al Partido Popular le corresponde tocar el órgano. Y desde el domingo, los tubos han adquirido una resonancia grave. El PP se está preparando mentalmente para elecciones anticipadas al filo de la primavera, antes de las municipales y autonómicas de mayo, con el ocaso de ETA como argumento central. Convertido en fuerza casi marginal en Catalunya, reducido su peso en el País Vasco, y fuertemente embridado en Andalucía, la única opción de ganar o empatar con el PSOE pasa por polarizar al resto de España con la cuestión nacional. Son horas difíciles en la calle Génova. Los poderes económicos no se muestran intranquilos con Zapatero. Rajoy puede perder, pero el PP se empleará a fondo en evitar que escape hacía la mayoría absoluta. En Madrid, gran atalaya del galimatías, el tiempo político se mide, al por menor, por telediarios, y, al por mayor, por legislaturas. José María Aznar, dicen, está sopesando presentarse por Valladolid para estar de guardia los próximos años en el Congreso de los Diputados. Por lo que pueda pasar.

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