«UN plan que cuente sólo con el 51 por ciento de apoyos está abocado al fracaso».
Lo dijo el presidente del Gobierno el 2 de febrero de 2005, en el debate celebrado en el Congreso sobre el Plan Ibarretxe. Durante el turno de réplica, Zapatero instó al lehendakari a lograr un acuerdo que tuviera «la misma fuerza» que el Estatuto de Gernika. ¿Por qué un Estatuto de Autonomía para el País Vasco que fuera aprobado sólo por el 51 por ciento de los ciudadanos era un fracaso y en cambio un Estatuto de Autonomía para Cataluña aprobado con la asistencia a las urnas del 49 por ciento es una victoria por goleada, como algunos aseguraron irresponsablemente durante la madrugada electoral?
Decía Napoleón que una derrota explicada con todo lujo de detalles es imposible de distinguir de una victoria. A lo mejor por eso todos los analistas se han lanzado a pormenorizar los resultados y ahora resulta difícil saber quién miente diciendo la verdad, porque las verdades a medias son la peor clase de mentira.
¿Por qué nadie se ha molestado en recordar que en el vigente Estatuto de Cataluña, aprobado en referéndum en 1979, podían votar 4.421.000 ciudadanos, hubo un 59,69 de participación (2.639.951 votantes) y se contabilizaron 2.327.038 votos a favor (88,1 por ciento), cuando anteayer había 887.802 ciudadanos más con derecho a voto, en total 5.309.000, pero sólo fueron a votar 2.569.000, y sólo dijeron sí 1.881.765? Entonces, ¿quién puede negar el derecho a discrepar de la calificación de éxito para un resultado en el que participan menos ciudadanos que hace veintisiete años, aun siendo más los llamados a las urnas, y hay menos votantes que dicen «sí»? Con las palabras se pueden hacer juegos malabares: en eso consisten la poesía, el humor y los trabalenguas; con los números también: en eso consisten las estadísticas. Pero lo que no se puede hacer es llamar éxito o fracaso a la misma cosa según convenga. Al menos sin poner en juego el honor y la verdad.

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