¡Dios mío, qué cosas se oyeron y leyeron ayer para justificar el batacazo que en el referéndum sobre el nuevo Estatuto catalán se han llevado al alimón las huestes nacionalistas, incluido entre ellos los nacionalsocialistas del PSC, y el propio presidente del Gobierno dizque de España, José Luis Rodríguez Zapatero, gran valedor del majestuoso disparate!
Como en Fuenteovejuna, las variopintas huestes derrotadas por la playa el domingo 18 unificaron con sorprendente rapidez sus mensajes para echarle la culpa al empedrado, a los atascos de tráfico y, lo más pintoresco, para tratar de escudarse en no sé qué referéndum gallego en el cual se produjo una participación menor, como si fuera posible sumar peras y manzanas, comparar magnitudes no mensurables, equiparar situaciones sociológicas y políticas tan dispares y olvidarse, porque esta es la madre del cordero, que dos de cada tres catalanes dieron el domingo la espalda a una clase política engolfada en el abuso de poder y el 3% de comisión. Conmigo que no cuenten.
“Sí inapelable”, titulaba ayer La Vanguardia, un diario que durante décadas se llamó “La Vanguardia Española”. “Sí rotundo de media Catalunya”, rezaba, con más sentido del humor, El Periódico, mientras que El País, diario oficial del partido del Gobierno, aseguraba en su tradicional estilo falsario que “Cataluña da un sí masivo al Estatuto con una participación que roza el 50%”. La palma de oro, con todo, se la llevó TVE, que en un verdadero alarde abrió el telediario de la noche más menos de esta guisa: “Apabullante victoria del sí, con una participación que supera al referéndum europeo”.
Un millón para el mejor. Jamás se vio una manipulación semejante, y eso que en una democracia sin demócratas como la española hemos visto de todo en la materia. Al mando el increíble Pepiño, el chico que traía los cafés en el PSOE gallego, según cuenta, todavía sorprendido, a quien quiera oírlo, el ex alcalde coruñés Paco Vázquez, ahora ascendido a mariscal del aire del ejército de Pancho Villa, las tropas coaligadas del Gobierno, la clase nacionalista catalana y sus amigos mediáticos cerraron filas la noche del 18 tratando de ahogar con su mensaje mendaz cualquier posibilidad de reflexión sobre lo ocurrido.
Jamás se vio, repito, manipulación semejante. Los políticos, “esos” políticos, por un lado, y el personal de a pie, por otro. Un episodio que revela la pobre calidad de una democracia definitivamente secuestrada por una clase política que, en tanto en cuanto divorciada de las verdaderas preocupaciones del común, se va pareciendo cada día más a una especie de mafia capaz de seguir engordando el negocio sobre la base de la extorsión emocional y moral, sobre la base de falsear la realidad con el mayor descaro.
La realidad, por ejemplo, del porcentaje de participación. Sorprende, por ejemplo, la renuencia a facilitar ese dato hasta que prácticamente se escrutó el 100% de los votos, cuando en cualquier elección es precisamente lo primero que se hace público, porque es lo más fácil. El caso es que a las 6 de la tarde había votado el 35% del censo, y de 6 a 8, con atascos y todo, lo hizo casi un 15% más, milagro que sin duda hay que atribuir a Sant Jordi y su lanza mágica.
Resultó que conforme se acercaba el final de recuento aumentaba la participación y fueron muchos los que en Madrid se jugaron alegremente una cena a que al final la cosa llegaba al 50,1%. Parece que no se atrevieron a llegar tan lejos, pero no estaría de más que algún demócrata no contaminado por el Régimen del 3%, tal que Ciutadans de Catalunya, solicitara el recuento exhaustivo de actas y votos, porque podría haber sorpresas. ¿Insinuación escandalosa? En absoluto, tratándose de esta tropa.
De enterrar definitivamente cualquier democrática posibilidad de reflexión sobre lo ocurrido, de evitar asumir responsabilidades por el gran derrotado político de la noche, el señor Zapatero, se encargará el propio señor Zapatero, que un día de estos, mejor hoy que mañana, en todo caso cuando antes, se ocupará de anunciarnos el inicio de la magna negociación con la banda terrorista ETA. Y aquí paz y después gloria. Y a otra cosa, mariposa.
Eso sí, la presencia de Pascual Maragall al frente del tinglado nos asegura nuevos y deleitosos episodios como continuación del esperpento: no sólo no se irá, sino que va a administrar el decreto de disolución a su antojo, de modo que los de CIU, que se las prometían felices desde que Zapatero les ofreciera en enero la Generalitat, van a continuar en el dique seco, preguntando un día sí y otro también en Moncloa aquello de “¿y de lo mío, qué...?” En suma, diversión asegurada.

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